Duque, el coronavirus y la colombianidad

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La forma en la que muchos países han manejado la pandemia es una radiografía de sus valores culturales. A pesar de que se han seguido protocolos globales similares con respecto a cuarentenas, construcción de unidades de cuidados intensivos y obtención de medicinas, las particularidades de cada país reflejan mundos independientes que cómicamente caen en la caricatura o estereotipo de su cultura.

Empecemos por China: totalitaria, arbitraria, pero efectiva en su control. El gobierno chino logró testear a los 11 millones de habitantes de la ciudad de Wuhan en 10 días. 11 millones de personas con resultados listos en menos tiempo de lo que se demora una sola prueba en ser tramitada en Colombia. Además de eso, cualquier persona que ingrese a China es recogida en el aeropuerto por funcionarios del gobierno y es puesta en cuarentena de 14 días en un hotel completamente vigilado. Los hoteles están equipados con personal de la salud monitoreando a los recién llegados. Claro está, el gobierno chino no ha tenido inconveniente en separar familias, ingresar a los hogares sin permiso (porque ni siquiera lo necesitan) y desaparecer a cualquier médico o científico disidente.

Sigamos con Estados Unidos. Trump y sus simpatizantes han llevado al extremo algunos de los valores del país del norte. La filosofía del “cada uno por su cuenta” ha llegado hoy a su más álgida expresión. Mientras algunos han podido testearse, obtener resultados en menos de un día y pasar la cuarentena en mansiones del tamaño de un pueblo, otros nunca podrán acceder a un seguro médico, ni a una prueba y tendrán que seguir saliendo a trabajar para suplir la base de la cadena de distribución. Esto, sin olvidar a los miles de ciudadanos que insisten en que el uso de tapabocas atenta contra su autonomía y, pese a todas las advertencias, salen al mundo cuan campantes a repartir sus gérmenes.

Pensé entonces en el caso colombiano y no pude sino pensar en Duque y cómo su actitud frente al virus encarna la colombianidad. El presidente colombiano empezó con la política tan característica del “ahí vamos viendo”. Mientras Claudia López anticipó una cuarentena hasta junio, soportando las críticas de miles, Duque optó por anunciar la cuarentena paulatinamente, cada dos semanas. Y, claro, muchos prefieren que cada 15 días les digan que deben seguir encerrados; de anuncio en anuncio no se logra planificar, pero se aviva la esperanza. Nada más característico de un país que se nutre de un optimismo dramático: “esto es lo peor, pero de esta salimos”.

Esa esperanza viene acompañada de la fe. Al mejor estilo del programa El minuto de Dios, Duque aparece todos los días en televisión y se encomienda a su Virgen de Chiquinquirá. Mientras reza, anuncia las 40 y tantas excepciones al aislamiento preventivo. Un día dice una cosa, al siguiente cambia, o tal vez no le entendemos lo que dice, o quizá ya estamos aburridos de verlo todos los días. Y pues son tantas las normas y tantas las excepciones que el sentido de la norma se pierde. De ahí la tan característica cultura colombiana de la excepcionalidad. Sin duda, el carácter de los pueblos pesa más de lo que le concedemos. Cambiarlo es algo posible, pero duro de lograr.

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