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Poco después de que la revista Semana publicara una columna en la que Coronell, como parte de su oficio, recordó que en una entrevista con el Nuevo Herald de Miami, Miguel Nule, uno de los licitantes de la Ruta del Sol, reveló que Tomás Uribe lo había invitado a reunirse con un representante de la brasileña de la construcción Odebrecht para establecer una alianza, el ex presidente tomó el camino de deslegitimar, no el mensaje, sino al mensajero a través de la red: “Un Coronel periodista lava dinero de mafia con calumnias”, fue uno de los más de 30 trinos e ilustra el tono del resto. Esta alusión a una vieja relación comercial de Coronell —que, por lo demás, muchas veces él ha salido a explicar— es sólo el último episodio de una larga lista de disgustos del ex presidente Uribe inclinados a menoscabar al medio o a los periodistas y no a controvertir en un debate respetuoso, o incluso, de ser necesario, legal.
La injuria y la calumnia son difíciles de resarcir, no cabe duda; de ahí la inmensa responsabilidad que recae en el periodismo y el disgusto apenas natural que toda información provoca en aquellos que juzgan haber sido falsamente señalados. Sin embargo, es fundamental mantener la postura. Como contraparte a la responsabilidad que recae sobre los medios, está el respeto a la labor que cumple el periodismo en toda sociedad libre. No hay democracia sin libertad de expresión y comunicación. Basta mirar a nuestros vecinos y lamentarnos de la parcialidad del debate, cada vez más regulado por el gobierno venezolano.
La intolerancia frente a la opinión, como en este caso de la columna de Daniel Coronell, que finalmente sólo resalta la impropiedad de que un hijo de presidente gestione una asociación entre proponentes para una licitación pública, es inaceptable. Y sin embargo, es costumbre generalizada en nuestro pobre debate público. Aunque, por la estatura de su investidura, el ex presidente Uribe es centro de la crítica hoy por sus salidas de tono, lo cierto es que la discusión meritoria no forma parte del patrimonio nacional. Es vergonzoso que una red social como Twitter, pensada para compartir reflexiones de unos tantos caracteres, se haya convertido en Colombia en escenario de conflicto. La batalla por los comentarios más insultantes refleja sólo un debate público obtuso que, por torpe, termina, en el mejor de los casos, en los tribunales. Allí ha llegado, por cierto, el que comentamos.
Hablar es arriesgarse a hablar en falso, pero una cosa es que se trate de la excepción y otra que sea la regla. Los participantes más activos de la opinión pública deben asumir la responsabilidad de manejar con altura la discusión porque las palabras no son accesorias y menos ahora que ésta, con la llegada de las nuevas formas de comunicación, ha incluido a muchos más interlocutores. En ese sentido, algo que se le reconoce al gobierno de Juan Manuel Santos es que ha obligado a la crítica a elaborarse y a acercarse con respeto a un gobierno que la trata con respeto.
Más allá de las razones del desagradable intercambio entre el ex presidente Uribe y el periodista Daniel Coronell, entonces, lo que estas discusiones enseñan es que nos falta mucho para tener un debate público inteligente y respetuoso. Contrario a lo que varios han sugerido, no es interesante un intercambio de insultos. El periodismo, si es serio, debe responder con la misma seriedad por sus acusaciones y entender que el escrutinio es necesario en una democracia. Cada vez son más los espacios de discusión; ojalá aprendamos a utilizarlos de manera que sirvan para crear una mejor sociedad en vez de dejarnos rebasar por ellos para alimentar inoficiosos escenarios de conflicto.