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Actos de barbarie

En Colombia es natural que por estas fechas se dé rienda suelta a distintas celebraciones que honran tradiciones antiguas y respetables de los pobladores.

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El Espectador
10 de enero de 2015 - 01:52 a. m.
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A veces la festividad resulta necesaria para un colectivo: ritualizar el desenfreno es, tal vez, lo que permite vivir en orden el resto del año. Lo que permite, por demás, honrar las otras tradiciones que seguimos a lo largo de él.

Pero el desenfreno no puede rayar con la barbarie, ni mucho menos. Y eso fue justamente lo que vimos el fin de semana pasado cuando unos desquiciados en Turbaco, Bolívar, durante el desarrollo de las tradicionales corralejas que se celebran en la región Caribe, la emprendieron contra un toro a punta de cuchillos y patadas, acribillándolo por completo.

Este es un acto desconsiderado que deja ver un aspecto bárbaro de la condición humana: esa necesidad por la violencia sanguinaria y autómata. La cultura del “macho” que se aprovecha de las “bestias”. Algunos han salido a decir que condenar estas acciones implica reconocer, de forma automática, que las corridas de toros equivalen a lo mismo. Así son los enemigos de los matices: todo es igual, sin tener en cuenta las condiciones. Y pues no: no son lo mismo. Lamentamos diferir de esa lógica simplista.

Esta casa editorial se ha caracterizado por defender el derecho de los fanáticos a asistir a las corridas de toros: si bien se trata de un acto que implica un nivel de barbarie, también es evidente que está incrustado en las costumbres de una minoría. Pensamos, de igual forma, que este tipo de actividades tenderán a desaparecer con el correr de los años. Prohibirlas de buenas a primeras, en un país que poco respeta la legalidad, es abrir la puerta a conductas más perversas. Como siempre pasa cuando se busca penalizar una costumbre.

Con todo, lo vivido el fin de semana pasado difiere justamente por el nivel de barbarie: no es lo mismo que un torero burle al animal y le dé muerte a estocadas (frente al aplauso y admiración de un público que está sentado), a que el público, borracho y desorbitado, entre a darle golpes erráticos con el único fin de hacerlo sufrir. Y en eso, en la finalidad de una y otra actividad, y en la forma de ejercerla, es donde radica la honda diferencia.

Es por eso que, mucho más allá de judicializar a los responsables (cosa que la Fiscalía ya descartó, por supuesto), hay que hacer caso a las palabras del ministro de Medio Ambiente, Gabriel Vallejo, en el sentido de abrir un debate sobre las corralejas. Dijo el ministro que, aunque representen costumbres viejas y respetables, muchas veces se transforman en actos insensatos bastante lejanos de lo que se concibió en un principio. Una lástima tener que reglamentar una actividad festiva, pero esa es la única forma de controlar estas acciones que no están a la altura de una sociedad civilizada.

La reglamentación, por supuesto, debe obedecer a un estudio sociológico mucho más amplio: ¿de dónde viene esta violencia? ¿Qué condiciones la generan? ¿Por qué alguien, bajo la influencia del alcohol, la emprende de una forma sanguinaria contra un animal que a todas luces ya estaba rendido? Bien harían las autoridades en hacer campañas para que esto no suceda más, dentro de unas normas claras y legítimas, pero dentro de un entendimiento de las condiciones sociales que alimentan estas conductas.

Deplorable lo que sucedió. Condenable, también. Pero abrir el debate se hace necesario.

Por El Espectador

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