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Un jurado de Los Ángeles encontró a Meta (empresa propietaria de Instagram y Facebook) y YouTube (que pertenece a Google) responsables de crear adicción a las redes sociales. En lo que se ha considerado un fallo histórico, la Corte consideró que esas empresas crearon plataformas que causaron daño a la salud mental de una usuaria desde su infancia.
Desde que fueron lanzadas, los empresarios tras estas aplicaciones han venido actualizándolas para mantener a la gente más tiempo usándolas, lo que, para ellos, se traduce en ganancias.
A través de cada like y cada interacción, los algoritmos de las redes sociales funcionan recolectando datos sobre nuestros comportamientos: qué contenidos consumimos, qué nos gusta, qué comentamos y compartimos. Con esta información, las plataformas personalizan lo que nos recomiendan para mantenernos enganchados, mostrándonos contenido que creen que nos interesará. Cada interacción que tenemos sirve como retroalimentación para afinar esas recomendaciones, creando un ciclo interminable de contenido que nos atrae constantemente. ¿Alguna vez ha pasado largos ratos actualizando su feed de redes con el simple arrastre de un dedo hacia abajo de su pantalla? Esta función fue diseñada intencionalmente para recompensar al cerebro humano de una manera similar a como lo hacen las tragamonedas de un casino. Además, las notificaciones y sugerencias buscan maximizar el tiempo que pasamos en la plataforma, lo que a menudo conduce a un uso compulsivo y adictivo, ya que nunca sentimos que llegamos al final o que hemos visto todo lo que nos podría interesar. Este diseño mantiene a los usuarios atrapados en un flujo constante de estímulos digitales que, en exceso, no es saludable.
El efecto nocivo de las redes sociales en niños y adolescentes viene advirtiéndose de tiempo atrás. En una columna de 2025, Julián de Zubiría, educador y director del Instituto Alberto Merani, advirtió de un preocupante aumento en la última década de los casos de depresión y suicidio en niños y jóvenes de los países con mayor acceso a la tecnología. En su columna, reseña el libro del psicólogo social Jonathan Haidt: La generación ansiosa, que reseña la siguiente tesis: “La sobreprotección en el mundo real y la infraprotección en el virtual son las principales razones por las cuales los niños nacidos a partir de 1995 se convirtieron en la generación ansiosa”. Así pues, Haidt se adhiere a las voces expertas en salud pública que dicen que las redes sociales son un producto más adictivo que el tabaco y la heroína. Y que cuando acceden a ellas niños que pasan demasiado tiempo con padres sobreprotectores, estos se vuelven poco independientes y dejan de socializar en el mundo real. Advierten también que estas permiten la comparación constante de uno mismo, lo que, sobre todo en menores, puede tener un efecto negativo en el autoestima.
Por supuesto, no todo es malo. Las redes sociales permiten el contacto a distancia, el cultivo de relaciones significativas, y compartir contenido de valor.
¿Qué hacer entonces? Autoridades educativas en todo el mundo han propuesto la regulación e, incluso, prohibición del uso de celulares en colegios. Y, para las familias, la Mayo Clinic recomienda no usar las plataformas antes de dormir e invita a tener conversaciones abiertas sobre el tipo de contenido que se consume.
Así pues, el tribunal estadounidense ordenó a las empresas condenadas pagar a la joven demandante seis millones de dólares. Esa cifra es mínima para lo que estas corporaciones generan a diario. Y, aunque Meta y YouTube dijeron que no estaban conformes con la decisión y que examinarían herramientas legales a su disposición, se espera que esta sea la primera de, al menos, 1.500 demandas similares en Estados Unidos. El precedente, en cualquier caso, quedó sentado: las redes sociales están diseñadas intencionalmente para ser adictivas.
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