Al cabo del primer año...

Hace un año exacto que los representantes del Gobierno y las Farc se sentaron en el Palacio de Convenciones de La Habana, Cuba, a negociar la paz posible.

Esa eventualidad de que los fusiles se silencien y den paso a una era de posconflicto en donde se generen nuevos escenarios. En donde la guerra no sea el motor ni la causa ni la excusa para hacer o dejar de hacer las cosas en este país. Y claro que ha tenido tropiezos, ¿qué proceso de paz exitoso no los tiene? Y claro que se ha demorado, ¿qué proceso de paz exitoso se despacha en seis meses? Hay que tener paciencia, si es que se quiere llegar a buen término.

Durante este año son muchas las cosas que han evolucionado en el marco de esas conversaciones de La Habana. Y eso resulta del todo positivo. Por un lado, el discurso de la guerrilla. Ahí los vimos hace un año, hablando como si ya hubieran ganado la guerra, dando su cátedra en el mismo tono de hace cinco décadas: echando culpas, no reconociendo ninguna propia, diciendo que el juicio debía ser para el Estado porque él (y solo él) era el verdadero victimario. Todo es distinto ahora. Las Farc se dieron cuenta de que, en realidad, lo que hacen aquí es hablar con una contraparte, de igual a igual, y no con un oponente derrotado.

Le han bajado a su cinismo, también. Eso es evidente. Con el paso del tiempo las palabras cambiaron: reconocieron su responsabilidad como miembros efectivos de una guerra, la necesidad de reparar a las víctimas que dejaron a su paso, la posibilidad de entregar las armas y acabar, de una buena vez, con medio siglo de bala.

Y no hay mejor prueba de ese cambio que los dos puntos hasta el momento acordados en la mesa: ‘política de desarrollo agrario integral’ y ‘participación en política’. Ni más ni menos. Ya a esta altura, conseguidos, suena a que ha pasado mucho tiempo en la discusión —sobre todo cuando el presidente Juan Manuel Santos dijo hace un año que el proceso se mediría en meses y no en años—. Pero pocos pensábamos con optimismo que dos puntos tan cruciales, y en los que nadie veía un acuerdo entre esas dos partes, pudieran salir finalmente. Un país posible es de lo que están hablando allá.

Claro que el optimismo debe ser moderado a estas alturas. “Nada está acordado hasta que todo esté acordado”, es la premisa que guía la negociación. Y bueno, con eso en mente, sabemos que aún falta mucho: no solamente más de la mitad de los puntos de la agenda —y algunos definitivos hasta ahora aplazados, como la justicia, la verdad, la reparación...—, sino sobrevivir a los demás tropiezos que están por venir. Y que sin duda serán muchos.

La fórmula de los negociadores ha tenido cierto éxito; sin embargo, las pérdidas injustificadas de tiempo podrían calar en la opinión pública, que es la que al final tendrá la última potestad sobre si este acuerdo es legítimo o no. Sí, lo dijimos, la actitud ha evolucionado bastante. Pero puede mejorar. Que los aprendizajes logrados hasta el momento sirvan, justamente, para eso. Para recorrer el camino con la ventaja de la experiencia. ‘Solución al problema de las drogas ilícitas’ es el tercer punto. Adelante. Que se tomen en cuenta los insumos que desde la sociedad y la academia se vienen dando para aportar en dicha solución.

El punto de quiebre de todo este proceso serán, por supuesto, las elecciones del próximo año. Sonamos muy optimistas al decirlo, pero así como las instituciones, un proceso como este debe ser capaz de resistir una jornada electoral. Incluso un cambio de gobierno. Así que, por lo pronto, al cabo de un año de que todo esto empezara, sólo hay que pensar en avanzar, independientemente de cualquier coyuntura.

 

Temas relacionados

 

últimas noticias

Medida necesaria, transición errada

De Pondores llegan símbolos de confianza

La minería y las consultas populares