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Al término de la primera etapa...

En un solo año el presidente Juan Manuel Santos restableció las relaciones con Venezuela y Ecuador, superó el ambiente de confrontación con la región, dejó atrás la polarización interna y conformó la Unidad Nacional, músculo legislativo que le permitió la aprobación de proyectos tan importantes pero tan difíciles como la Ley de Víctimas y Tierras.

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El Espectador
07 de agosto de 2011 - 01:00 a. m.
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A su lista de logros se suma la lucha contra la corrupción, que se le reventó en las manos pero que ha sabido abordar a través de los conductos regulares, y el manejo de la ola invernal, cuya verdadera prueba, ya inimputable a las CAR, comenzará en el segundo semestre de este año.

Varias de las carteras, con movimientos menos visibles, han puesto buena parte de la casa en orden, al tiempo que los ministros con mayor trayectoria han aportado al ambiente de confianza y optimismo que, según lo evidencia el 70% de aprobación, ha logrado esta administración. Un optimismo que, por demás, ha sabido impulsar el buen desempeño económico: el producto interno ha crecido, la inflación se ha controlado y el desempleo, aunque por debajo de las expectativas, ha caído.

Qué tanto ha aprovechado el Gobierno la “década de América Latina” todavía no es muy claro. Si bien la Regla Fiscal y el Proyecto de Sostenibilidad aportarán a la estabilidad macroeconómica, es difícil ver políticas agresivas para dar el ‘gran salto’ que desde ya, acaso precipitadamente, se está celebrando. En lo comercial, por ejemplo, estamos estancados y, mientras tanto, el buen tiempo de la región nos está caminando por el lado. Además, falta ver qué logra pensar el Gobierno para reducir la informalidad y qué para atacar con más fuerza el desempleo. La única iniciativa en este sentido, la ley del primer empleo, resultó simplemente mediocre. La pobreza campea y si bien los programas de asistencia social han logrado contener el desborde de la miseria, las verdaderas oportunidades, como la educación, se mantienen al final de la lista. La esperanza puesta en las regalías se enreda cada vez más y la ausencia de liderazgo de Planeación Nacional no deja de incomodar. Al final del día, no es al Ministerio de Hacienda al que le compete pensar en el desarrollo. Sin duda, de poco servirá el progresismo de la agenda política del Gobierno si no se logra empatar con un verdadero sustento material.

Sin embargo, aunque suene extraño, más que la economía, es el progresismo de la agenda política lo que preocupa. No porque sea equivocado. Todo lo contrario. Si tenemos la oportunidad de dar un salto social es ahora. El miedo reside es en los cálculos del Gobierno. El presidente Santos, por lo que se deduce de su plan fiscal, contaba, tal vez no con la concreción de la paz, pero sí con una neutralización del conflicto armado. Algo que era de esperarse. Los éxitos militares fueron contundentes. Las más altas cabezas de las Farc cayeron en menos de dos años y la jerarquía perdió casi entera su estructura. No obstante, los grupos insurgentes se han reconfigurado.

La nueva estrategia de las guerrillas, realmente, no es tan nueva, viene desde 2008 cuando alias Alfonso Cano asumió la jefatura. Lo que pasa es que nunca se pensó que funcionaría. El problema, entonces, no es el inicio de una agenda de posconflicto en medio del conflicto —algo que se tenía previsto—, sino una agenda de posconflicto pensada para un conflicto distinto. ¿Es esto grave? No, si se maneja bien. El plan de gobierno era compacto. Ahora lo será menos, pero hay que actuar pronto. En especial, hay que pensar de dónde saldrán los recursos para mantener el esfuerzo en defensa al tiempo que se eliminan las condiciones que dieron origen al conflicto en primer lugar. Es algo complejo, pero posible. Lo importante es admitir el error en el cálculo. No todo puede seguir según lo estipulado.

Por El Espectador

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