La elocuencia del dolor representa un reto nacional. Eso quedó en evidencia con la intervención de Íngrid Betancourt ante la Comisión de la Verdad. Lo otro, que ya lo sospechábamos, pero rara vez se materializa de manera tan clara, es que los procesos de justicia transicional y reconciliación son complejos; no representan una línea recta, sino que exigen mucho más que un simple performance ante las cámaras para ofrecer perdón. Es una lástima que el proceso de paz siga siendo un punto de división en Colombia, pues los encuentros que se están dando ante la Comisión abren importantes preguntas sobre la identidad de la nación. Tanto ruido y oportunismo político no nos han dejado concentrarnos en la conversación con el duelo y la rabia que tenemos pendiente.
Fueron varias las sacudidas que Betancourt le dio a Colombia en su discurso. La excandidata presidencial, que duró secuestrada seis años, ofrece una contranarrativa no solo a los opositores del proceso, sino a quienes creen que la justicia transicional se trata de un simple protocolo de impunidad. En sus palabras, por ejemplo, les exigió a las Farc dar cuenta de cómo van a reparar a las víctimas, de responder por las ganancias del narcotráfico, de ir más allá de discursos performáticos. También mostró cómo las víctimas no son un ente unificado y con sentimientos claros, sino que están lidiando con dolores y tragedias que son difíciles de procesar. Escucharla es entender lo hondo de la herida abierta que tiene Colombia, reconocer que nos falta mucho para pasar la página.
Quedará para la historia el llamado que les hizo a los ex-Farc. Hablando sobre un muchacho que la vigilaba durante su secuestro, Betancourt contó cómo lo hizo llorar al mostrarle que ella no podía confiar en él. Luego terminó con un golpe que debería causar reflexión entre los excombatientes: “El muchacho se fue con los ojos aguados y yo necesito ver los ojos aguados de ustedes”.
Colombia necesita ver los ojos aguados de los ex-Farc. Y no solo de ellos, sino de todos los actores del conflicto. Ahí está la dificultad. Cuando la paz se convierte en una bandera política y se enmarca en mecanismos institucionales burocráticos, corremos el riesgo de que se nos pierda la conexión humana en el proceso. Detrás del Sí y el No del plebiscito, división que sigue caracterizando a los colombianos en las urnas y en las discusiones políticas, hay preguntas por resolver que se mantienen en veremos mientras esa polarización atrae todos los reflectores.
Nos falta mucho para la reconciliación. Pero avanzamos y hay voluntad. No solo eso: pese a todo, las víctimas se la siguen jugando por la paz. Ese encuentro de Betancourt con sus secuestradores, 13 años después, es un símbolo de la Colombia que podemos construir. El problema es que no estamos haciendo todo lo posible por llegar a esa promesa pendiente.
Al finalizar su intervención, dijo Betancourt que “esta es la historia que se tiene que contar, que tiene que ser parte de nuestra narrativa nacional, que deben conocer y estudiar nuestros niños en las escuelas, para que ellos entiendan que, a pesar de todo esto, pudo hacerse un Acuerdo de Paz, que pudimos mirarnos a la cara y salir de esta espiral de violencia”. Y agregó: “Volver a ser humanos es llorar juntos, algún día tendremos que llorar juntos”. ¿Cuándo llegará ese día?
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