10 Nov 2019 - 5:00 a. m.

Ante ánimos tensos y pescadores de ocasión

El Espectador

Si el Estado tilda a todos los manifestantes de hacer parte de una conspiración, está de hecho cayendo en la trampa de quienes quieren, en efecto, generar caos. / Foto: EFE
Si el Estado tilda a todos los manifestantes de hacer parte de una conspiración, está de hecho cayendo en la trampa de quienes quieren, en efecto, generar caos. / Foto: EFE

Cuando la indignación ciudadana se toma las calles del país, la mejor respuesta es un Estado humilde, reflexivo y ante todo defensor de los derechos fundamentales de las personas. Ahora que Colombia se aproxima a un paro nacional que tiene nerviosos a varios sectores políticos y de la sociedad civil, son varias las lecciones que se pueden rescatar de esta América Latina convulsionada por manifestaciones y, en ocasiones, disturbios.

Chile es una advertencia. Cuando las protestas estudiantiles empezaron a cobrar fuerza y se presentaron algunos actos de vandalismo, el presidente de ese país, Sebastián Piñera, acudió a la paranoia. “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite”, dijo. Eso generó más indignación en los chilenos, que decidieron salir de manera masiva a las calles: en una de las protestas más grandes se llegó a contar más de un millón de ciudadanos manifestándose de manera pacífica.

Fue tal el error de cálculo de Piñera que a los pocos días dejó atrás la prepotencia y tuvo que salir a expresar un mea culpa, acto extraño para los líderes de la región. “Los problemas se acumulaban desde hace muchas décadas y los distintos gobiernos no fueron ni fuimos capaces de reconocer esta situación en toda su magnitud. Reconozco y pido perdón por esta falta de visión”, dijo en un discurso conciliatorio. Eso vino acompañado de cambios en su gabinete y de una serie de propuestas para aliviar la desigualdad social en Chile.

Es necesario reconocer algo: por supuesto que en toda protesta hay infiltrados y en las protestas chilenas ha habido actos de violencia censurables. Los actos vandálicos que hemos visto en las recientes manifestaciones estudiantiles de Colombia son también hechos reprochables que merecen ser procesados por las autoridades. Es claro también que el régimen venezolano se frota las manos cuando ve caos en países opuestos a su dictadura. El error está en estigmatizar a la abrumadora mayoría de marchantes pacíficos que están expresando sus frustraciones al tomarse las calles.

En vísperas del paro nacional convocado para el 21 de noviembre en Colombia, ya empezaron a rondar los prejuicios. Álvaro Uribe, expresidente y líder del partido de gobierno, dijo que la manifestación “hace parte de la estrategia del Foro de São Paulo que intenta desestabilizar a las democracias de América Latina”. ¿No suena muy similar a la actitud que adoptó Piñera tan pronto se iniciaron las protestas en Chile?

Tenemos que aprender de los errores ajenos. Si el Estado tilda a todos los manifestantes de hacer parte de una conspiración, está de hecho cayendo en la trampa de quienes quieren, en efecto, generar caos. Cuando la respuesta oficial es la represión a partir de abusos del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) de la Policía Nacional, los discursos populistas e incendiarios de quienes ven ganancia política en un país desestabilizado cobran más fuerza. Hay otra manera de reaccionar que empodere a los manifestantes pacíficos, señale a los vándalos y fortalezca las instituciones.

Los ánimos del país están tensos. Se ve en redes sociales, columnas de opinión y cualquier espacio de debate público. Para que el paro nacional sea un ejercicio del derecho fundamental a la protesta y no termine en hechos lamentables como ha pasado en otros países, el Estado debe demostrar su capacidad de actuar con mesura y apertura a las críticas. Es el reto que nos impone la democracia.

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