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Congreso de unidad, pero con oposición

NO OBSTANTE LA DEMORA EN LA entrega de los resultados de los comicios legislativos, para los que ya algunos han anunciado sus respectivas demandas, finalmente el pasado 20 de julio se posesionó un nuevo Congreso.

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El Espectador
21 de julio de 2010 - 11:16 p. m.
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Son 268 parlamentarios los que, en su mayoría, formarán parte de la unidad nacional. El presidente electo, Juan Manuel Santos, cuenta con el apoyo de cerca del 80% del Senado y del 85% de la Cámara de Representantes. Una situación inusual.

Es cierto que se trata de la coalición de gobierno más grande de la historia. Y también lo es que esta es una gran oportunidad para el país, toda vez que la complicada agenda legislativa gubernamental, con proyectos de ley como la reforma política, a la salud, de la tributación, de justicia y del sistema electoral, tiene buenas posibilidades de ser tramitada con éxito.

Con todo, no le hace bien a este mismo Congreso en el que los colombianos depositan por estos días sus esperanzas el exceso de triunfalismo y la ausencia de posturas críticas que permitan señalar los retos que están por venir. Un gran poder, como el que sobre el papel tienen los parlamentarios que se encuentran en el proyecto político de la Unidad Nacional, acarrea no pocas responsabilidades.

La primera tarea que enfrenta el Congreso es restablecer la imagen y credibilidad que tiene entre los colombianos. La parapolítica causó serios estragos de legitimidad. El Congreso del cuatrienio 2006-2010, de lánguido desempeño en materia de leyes aprobadas, tuvo que hacerle frente a la vinculación penal de más de 80 parlamentarios procesados por relaciones con el paramilitarismo. De acá que el propio presidente del nuevo Congreso, Armando Benedetti, haya explicado que llegó la hora de trabajar por un Parlamento “respetado y respetable”. Una misión impostergable, en la que de entrada debe asumirse qué posición tomar frente a la presencia de herederos de los fortines electorales acumulados por quienes están siendo investigados por presuntos vínculos con grupos ilegales.

Además de ese compromiso con la ciudadanía, para el que la corporación tiene incluso un nuevo logo, es preciso, por otro lado, que las mayorías discutan a profundidad los proyectos de ley que el Gobierno decida presentar. Aun si éstos vienen acompañados del tradicional mensaje de urgencia, la independencia y el estudio de rigor deben primar por sobre el deseo legítimo de permanecer en la coalición.

Por lo mismo, la oposición, que se revela escasa, debe contar con todas las oportunidades requeridas para ejercer a cabalidad sus labores. Las mayorías, como lo constatamos en varias ocasiones en estos últimos ocho años, tienden a ahogar las voces de los que cuestionan. Sin oposición, vale recordarlo, no habríamos asistido a debates de control político tan contundentes y polémicos como los que protagonizaron los liberales con Agro Ingreso Seguro; Juan Manuel Galán y Cecilia López con los falsos positivos; Luis Fernando Velasco con el precio de los combustibles y Jorge Enrique Robledo con las zonas francas.

En síntesis, inicia una nueva legislatura que no está exenta de dilemas. Bajo la sombrilla de la unidad nacional es de esperar que el Congreso promueva leyes anteriormente truncadas y llegue a acuerdos sobre lo básico que tanta falta le hacen al país. Pero no por ello debe obviarse que el Congreso es también, y ahora más que nunca, el contrapeso natural del Gobierno. La recuperación de su imagen está también atada a la capacidad que exhiba para indagar en lo que deba ser objeto de sus debates.

Por El Espectador

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