Miedo a llegar demasiado alto

LA CONFESIÓN DE ALBA LUZ FLÓrez, la "Mata Hari" del DAS, es el último capítulo de una larga historia de impresentables acosos por parte de la agencia de inteligencia hacia la Corte Suprema de Justicia.

En las declaraciones de la ex detective, publicadas la semana pasada por El Espectador, quedó consignado, paso a paso, cómo, siguiendo órdenes directas, penetró las barreras de seguridad y, valiéndose de la complicidad de algunos policías, llegó incluso a fotocopiar expedientes y grabar sesiones de la Sala Plena. Además de la forma precisa en que se valió de sus bien entrenadas capacidades persuasivas para reconquistar a uno de los escoltas de seguridad, manipular la vocación cristiana del otro y llenar de coraje a una insegura aseadora, la “Mata Hari” dio nombres precisos que implican de nuevo, cuando menos, a la ex directora del DAS María del Pilar Hurtado.

La controvertida directora, quien asumió la dirección de la agencia de inteligencia el 31 de agosto de 2007, ha sido salpicada también por otros escándalos de espionaje y tentativas para minar a los “enemigos” del gobierno Uribe en la Corte. Entre ellas, se encuentran las “chuzadas” a magistrados y los casos de Tasmania y Job en la Casa Nariño. En estos últimos, lo que se pretendía era conseguir, a como fuera lugar, falsos testimonios por parte de paramilitares que desvirtuaran al magistrado Iván Velásquez. Aunque estas investigaciones están en mora de concluirse, varias declaraciones han señalado la participación de Hurtado. Su nombre ha figurado, en relación con éstos y otros casos, en las confesiones de Germán Ospina, ex jefe del Grupo de Observaciones Nacionales e Internacionales; Jorge Alberto Lagos, ex director de contrainteligencia; Fernando Tabares, ex director de inteligencia, y Martha Leal, amiga personal de Hurtado y ex subdirectora de operaciones de la entidad.

Pese a la multiplicidad de la evidencia, la ex directora del DAS sigue sin ser vinculada. Eso se debe a que ella, por la talla de su cargo, no puede ser procesada sino por el propio Fiscal General. No obstante, el fiscal (e), Guillermo Mendoza Diago, no ha revisado hasta ahora el expediente, o por lo menos, no ha tomado mayores decisiones. Retraso que no deja de sorprender, pues sólo hace una semana el mismo Mendoza aceptó la renuncia  a la fiscal delegada ante la Corte Suprema, Ángela María Buitrago, quien llevaba las investigaciones de la toma del Palacio y de Valencia Cossio, por alegada ineficiencia. Se requiere de un mejor talento para el despacho, aseguró el Fiscal (e), e insistió en que tal lentitud era inaceptable. Más parece inaceptable, sin embargo, su  decisión de darle largas a uno de los casos más delicados de la historia del país.

Es de reconocer, no obstante, que el caso del DAS compromete figuras políticas de gran influencia y de muy alto rango con las que nadie quisiera   meterse, ni siquiera el Fiscal (e). Cualquiera sabe que los detectives del DAS no gastaron sus domingos y tardes libres espiando a la Corte Suprema por iniciativa propia, como tampoco lo haría ninguno de los directores. Las órdenes vinieron indudablemente desde más altos mandos. Y si se está brindando el principio de oportunidad a tantos testigos, se espera que sea porque se está en busca de llegar al fondo de todo el esquema criminal que se montó desde el DAS. Otorgar concesiones a los testigos solamente por autoincriminaciones que explican lo sucedido, pero no dan para conformar el mapa del esquema completo es absurdo. Por arriesgada que resulte la investigación, es obligación de la Fiscalía llevarla a cabo. Hay que descubrir desde dónde llegaron las órdenes y por qué se dieron, o más de uno se lavará las manos. Ojalá el magistrado Jaime Arrubla termine teniendo finalmente la razón y, en efecto, “ni siquiera a un mentecato se le ocurra que puede infiltrar a la Corte y salir impune”.  Pero el problema reside, precisamente, en que los involucrados no son exactamente “mentecatos”. ¿Será que el ente investigador es capaz de medírsele a tales alturas?

 

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