En la agonía de Íngrid

Miles de colombianos caminan por la calles a la hora de escribir estas
líneas para hacer un llamado más a las Farc —y habrá que hacerlos
cuantas veces toque, hasta que se dignen a escucharlo— para que, en un
acto humanitario que permita detener su acelerada degradación, liberen
a los secuestrados en peores condiciones de salud o, cuando menos,
acepten que la misión humanitaria internacional que ha llegado esta
semana acuda a prestarles atención de emergencia.<br />

A la incertidumbre que se ha vuelto consuetudinaria frente a la suerte de los secuestrados, se suma ahora la urgencia. Si bien la verdadera condición de Íngrid Betancourt —y hablar de ella no es para olvidar a los demás sino porque es el símbolo que los representa a todos hoy— es una incógnita, no hay duda de la fragilidad de su supervivencia. Enferma de leishmaniasis, hepatitis B y paludismo, y peor aún, entregada ya a la desesperanza por seis años largos de cautiverio con un trato degradante para cualquier ser humano, según han contado sus compañeros de secuestro recientemente liberados, según vimos y leímos todos en las últimas pruebas de supervivencia, la vida de Íngrid Betancourt ha llegado al límite. Es hora de que quienes allí la llevaron tengan un acto que permita considerarlos todavía humanos.

La urgencia no permite detenerse en estrategias de mediano o largo plazo. El decreto del Gobierno Nacional para dejar expuesto el acuerdo humanitario si se da la liberación y la disposición a suspender acciones militares y acompañar así la misión médica de emergencia que han montado Francia, Suiza y España, han sido pasos consecuentes con esa urgencia.

Se dirá, se ha dicho mucho esta semana, que hay algo de oportunismo preventivo en caso de un desenlace fatal o mucho de improvisación al lanzar de nuevo propuestas sin ningún contacto previo con la contraparte. Pero, ¿qué importancia tiene eso ahora? Aunque tarde, ojalá no demasiado, ahí están hechos palpables de búsqueda de una solución humanitaria de parte del Gobierno en este instante definitivo.

Las Farc, en cambio, parecen querer soslayar, según las últimas declaraciones de sus voceros, que la urgencia también las acecha. Deberían entender que la suerte de Íngrid Betancourt es también su última oportunidad. Su muerte en cautiverio sería el fin de sus años de lucha y el cierre final de cualquier puerta que aún quede abierta a su retórica. El mundo ha puesto finalmente los ojos sobre la tragedia de los secuestrados en Colombia y, por ello mismo, los ha ido abriendo sobre el grado de degradación de la guerrilla. Un desenlace fatal confirmaría para siempre su inhumana condición. En cambio, la liberación o, incluso, el permiso para que la misión médica atienda a los enfermos sería el único camino para conservar su pretendido protagonismo.

Como lo dijo en su sentido y desesperado “último llamado” a Manuel Marulanda el hijo de Íngrid, Lorenzo Delloye: “el mundo lo está mirando. Usted debe decidir si quiere quedar para siempre como un criminal de guerra o como un hombre”.

 

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