Sin duda Villegas, desde hace un par de meses, se ha convertido en uno de los muchachos más ricos de Colombia. Pero no se crea que fue también un “niño rico”. Cuando el niño Villegas empezaba a formarse en el deporte que hoy lo tiene en la gloria, su familia tuvo un descalabro económico y si lo mantuvieron en los entrenamientos fue porque su maestro, Rogelio González, sostenía que su talento era fuera de lo común, extraordinario y que no se podía desaprovechar con un abandono.
Los dos deportistas antioqueños que han obtenido los triunfos internacionales más importantes de los últimos años, el campeón mundial de ruta, Santiago Botero, y este nuevo fenómeno del golf mundial, son hijos de carpinteros. La madre de Botero y el padre de Villegas se dedican a este oficio en la misma ciudad, Medellín. Fue raspando madera y diseñando muebles como estos padres de familia pudieron sostener la afición, primero, y luego el inmenso talento de estos extraordinarios deportistas. No son hijos del privilegio, sino del esfuerzo.
Llegar a la élite mundial del golf no es nada fácil. Miles y miles de jugadores del primer mundo, en particular en Estados Unidos y Europa, persiguen este sueño desaforadamente, dedicándole años de entrenamiento, dedicación completa, apoyos de grandes empresas. Que un país donde el golf es un deporte elitista y minoritario (practicado por unos pocos miles de personas) logre producir un fenómeno como Villegas, es algo insólito, que demuestra a cabalidad la disciplina, el tesón y el talento de quien con el apoyo de su familia y de unos pocos empresarios colombianos, está escalando a la cima del golf mundial. La noticia nos hace muy felices y nos enorgullece.
Las cifras que se ganan en estos deportes de élite no deben escandalizarnos. Como en el mundo de la música popular, estos logros monetarios se deben a que millones de personas en el primer mundo persiguen con asiduidad a los mejores del deporte. Quieren verlos, quieren seguirlos, se divierten mirándolos jugar con la genialidad que lo hacen. Así como los aficionados dominicales del tenis quieren ver cómo juegan los más grandes del mundo, así mismo a quienes rara vez les sale un par en un campo de golf quieren estudiar el prodigio casi mágico que hay en los golpes de los verdaderos maestros de sus deportes. Por eso son ídolos mediáticos, por eso las empresas los persiguen para hacer sus contratos de publicidad, por eso la televisión global paga millones para transmitir sus actuaciones, por eso se ganan millones de dólares en un hoyo.
La celebridad de Villegas no está creada por el mercadeo de un deporte elitista. Él es, de verdad, un deportista que ha afinado desde muy niño un instrumento de precisión muy difícil de manejar: bolas, golpes, tacos, swings, putts. Pulir cada gesto y cada movimiento, hasta alcanzar la precisión de un cirujano, no se obtiene por azar o por apoyos extraños. Villegas es hijo de su tenacidad y de su disciplina, aunados a un talento nunca visto en nuestro país para un deporte en el que pocos se han destacado (en general unos cuantos caddies, como el mismo Rogelio González), pero nunca hasta los niveles de este joven prodigio, el hijo de un carpintero sencillo de Medellín, que hoy es orgullo y ejemplo para todos los colombianos.
Si el fútbol nos decepciona, si no conseguimos en ciclismo los triunfos de otros años (aunque hay otras promesas valiosas, y el campeonato mundial aficionado de Fabio Duarte, así lo demuestra), hoy es un deporte más bien exótico el que nos produce un gran orgullo y una inmensa emoción. En un país con escasa tradición golfística ha nacido un fenómeno, y como este deporte no se acaba a los 30 años, como casi todos los otros, podemos decir que tenemos un campeón para rato. Que otros imiten a este muchacho que se ha puesto una meta dificilísima, y a fuerza de trabajo y seriedad, la ha alcanzado. Nada se ha robado, todo se lo ha ganado, y debería ser un ejemplo para todos nosotros, no sólo para los deportistas, también para quienes creen que en el mundo de la política, del arte o de la empresa hay atajos. No los hay: todo depende del esfuerzo, de algo de apoyo, y de la dedicación constante detrás de un objetivo alto.