La comida cara

LA COMIDA ESTÁ CADA VEZ MÁS CARA. La crisis de los alimentos, que comenzó como un simple hecho curioso, como un evento más en la convulsionada economía mundial, se ha convertido en uno de los principales motivos de preocupación para las organizaciones multilaterales y los líderes mundiales.

Razones no faltan: el precio promedio de los alimentos se ha duplicado en tres años y los precios del arroz, el trigo y el maíz (las plantas que construyeron la civilización humana) han aumentado mucho más que el promedio. Miles de millones de habitantes de las regiones pobres del planeta podrían caer, de manera casi instantánea, en la pobreza absoluta por cuenta de la crisis de los alimentos.

Las razones del aumento en el precio de la comida son de dos tipos. Existen, primero, razones estructurales. El crecimiento de los ingresos reales, ocasionado por el rápido incremento económico en China e India, ha aumentado la demanda por carne y otros alimentos de gran contenido proteínico. Los chinos pasaron de comer 30 kilos de carne al año a comer 50 kilos. Muchos de los granos que antes iban a alimentar a los pobres de África ahora van a alimentar a las vacas que se devoran los chinos. El aumento del precio de la energía también ha afectado el precio de los alimentos a través del mayor costo de los insumos, de los fertilizantes en particular. Y de manera indirecta, a través de la bonanza de los biocombustibles. Según cifras del Banco Mundial, la producción de etanol en Estados Unidos consumirá, en los próximos años, el 30% de la cosecha norteamericana de maíz.

Pero el aumento de los precios también está asociado con factores coyunturales. Las restricciones a las exportaciones, implantadas por más de cuarenta países, han agravado el problema. Y la caída del dólar ha empujado a muchos inversionistas hacia los mercados mundiales de materias primas, lo que probablemente ha ocasionado incrementos adicionales en los precios de los alimentos. Las causas de la crisis son múltiples. Pero muchas de ellas son permanentes u obedecen a fenómenos de larga duración, lo que implica, entre otras cosas, que la época de la comida cara llegó para quedarse.

Colombia no es ajena a la crisis de los alimentos. Es verdad: el aumento en los precios ha sido muy superior en Venezuela, en la mayoría de los países centroamericanos y del Caribe y en todos los países del sur del continente, pero Colombia importa una altísima proporción de los cereales que consume y ha experimentado un incremento notable en el precio de los fertilizantes y de otros insumos agrícolas; incremento que, tarde o temprano, se trasladará a los precios de la comida. Además, los costos de transporte y distribución están subiendo como consecuencia del aumento del precio de la energía.

El Gobierno ha entendido que las restricciones a las exportaciones podrían agravar el problema y ha anunciado, de manera clara, que no tomará medidas en este sentido. Pero, al mismo tiempo, ha insistido en mantener unos aranceles muy altos (e innecesarios) para algunos alimentos importados. México, para citar un solo caso, decidió la semana anterior eliminar los aranceles a la importación de la mayoría de los alimentos. Colombia debería hacer lo mismo. Y pronto. El aumento del precio de los alimentos no parece justificar aún la creación de subsidios directos. Pero preocupa que los recursos fiscales que se podrían utilizar para este fin se estén gastando apresuradamente en los regresivos subsidios a los combustibles.

No obstante, la crisis también representa una oportunidad para Colombia; oportunidad que se puede estar desperdiciando: la agricultura está creciendo a tasas muy inferiores a las de la economía. Varios analistas han señalado que la política oficial, en lugar de incentivar la transformación productiva, se ha concentrado en el otorgamiento de subsidios ineficaces. Más allá de los diagnósticos, urge señalar que la comida cara representa una oportunidad magnífica para hacer realidad, de una vez por todas, aquella frase manida según la cual Colombia es un país con vocación agrícola.

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