El “to-con-re”

LA REVELACIÓN EL MARTES PASADO de algunos detalles sobre la alianza que
está promoviendo el jefe del Liberalismo, el ex presidente César
Gaviria, con dirigentes de diversas tendencias con miras a la
definición de la transición política en el poder a partir de 2010, ha
removido el ambiente político frente a la posibilidad, no desmentida
aún, de una posible segunda aspiración a la reelección del presidente
Álvaro Uribe.

Tras una reunión el lunes en la noche entre el ex presidente Gaviria y el ex alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, se comenzó a clarificar la estrategia de la convocatoria a la unión de fuerzas en la oposición: primero, promover la abstención en el inminente referendo que busca producir un nuevo cambio constitucional para permitir la reelección indefinida, y segundo, en caso de que el referendo salga adelante, hacer una coalición de todos los partidos y fuerzas políticas contrarias a una nueva reelección para que se elija un candidato único que se oponga al Presidente de la República.

Si bien la propuesta ha despertado comentarios de todo tipo, de entrada significa un cambio positivo de actitud de parte de las fuerzas de oposición, que de la simple confrontación en busca de beneficios particulares pasan ahora a la proposición sobre una idea que sin duda comienza a preocupar frente a la posibilidad de una segunda reelección en el poder del Primer Mandatario: la salud de nuestra democracia.

Cada vez son más, en efecto, los seguidores fieles al presidente Uribe que encuentran reparos a su continuación en la cabeza del Gobierno. El último de ellos, y quizás el más notable por lo que representa, el presidente de la Asociación Nacional de Industriales, Luis Carlos Villegas, en entrevista con Yamid Amat publicada por El Tiempo el último domingo. “Es hora de que en nuestro sistema democrático haya nuevos timoneles dentro de ese rumbo. Hay que dejar funcionar la democracia y que venga otro u otra”, dijo, entre otras cosas, el dirigente gremial.

Huelga repetir lo que ya hemos dicho muchas veces en estas páginas, incluso para la primera reelección inmediata, sobre los efectos nocivos —muchos de ellos vistos en estos dos años del segundo período del presidente Uribe— que para las instituciones tiene la continuación en el poder en términos del desbalance en los pesos y contrapesos diseñados en la Constitución, la exacerbación del caudillismo, la polarización política, la corrupción y, en general, la renovación de la política.

Así las cosas, resulta evidente que en una eventual contienda electoral en 2010 con el presidente Uribe como candidato, no estará en juego solamente la confrontación de programas de gobierno sino también la salud misma de nuestra institucionalidad. Y si bien falta mucho tiempo todavía  y el presidente Uribe no ha indicado que pretenda ser candidato nuevamente, también es cierto que la recolección de firmas para el referendo avanza a todo vapor y que, de ser aprobado éste, la batalla contra la segunda reelección comenzaría desde ese instante.

Una unión de las fuerzas de oposición y los sectores que encuentran inconveniente la segunda reelección para promover la abstención en un eventual referendo —cuya validez ya certificó la Corte Constitucional— representa entonces una propuesta refrescante para el juego democrático, que debe ser bienvenida.

Las dudas están, sin embargo, en la segunda parte de la iniciativa. De ser derrotada esta alianza y aprobarse la reelección indefinida, se propone hacer una consulta amplia para escoger un único candidato que se oponga al presidente Uribe.  Si bien es loable el interés de defender las instituciones y la democracia sobre el que se dice fundar la propuesta, una fusión de fuerzas bajo la simple idea de oponerse a la reelección como proyecto político resulta  deleznable y, peor aún, igualmente nociva para la institucionalidad del país. Subordinar las ideologías y los debates programáticos a la simple mecánica  electoral para tener un candidato con opción —por buena que parezca la intención— sería antes bien una estocada más al funcionamiento de  los partidos, que es lo que hace fuertes las democracias y lo que —¡vaya paradoja!—  les cierra el paso a los  caudillismos.

No estamos pues, por fortuna,  frente a  otra propuesta anti-Uribe, que siempre tropieza con su sólida aceptación popular y cae en el personalismo, sino ante una nueva proposición frente a la reelección indefinida, que resulta  mucho más incluyente. Ojalá que ya en la práctica, si se logran poner de acuerdo en la operatividad de la iniciativa,  mantenga ese mismo propósito.

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