La encrucijada de la revaluación

LA TASA DE CAMBIO SE HA REVALUADO más de 15% en lo corrido de este año. El dólar ha roto, una tras otra, varias barreras psicológicas, pisos imaginarios que, en teoría, eran infranqueables.

Primero rompió la barrera de los 2.000 mil pesos, luego las barreras de los 1.900 y los 1.800 pesos, y la semana anterior rompió la barrera inverosímil de los 1.700 pesos. Ya muchos analistas advierten que el dólar podría caer por debajo de los 1.500 pesos. La revaluación no es un fenómeno local. Brasil, Perú, Chile y Uruguay, entre otros, han experimentado apreciaciones significativas de sus monedas. En los últimos cinco años, la apreciación del real brasileño ha sido mucho mayor que la del peso colombiano.

Pero este mal de muchos no es un consuelo para los exportadores y empresarios colombianos que señalan, casi al unísono, los altos costos de la revaluación. Los industriales, encuestados por la Andi, dicen que la revaluación del tipo de cambio es el principal problema económico del país.

Los floricultores le han pedido al Gobierno que declare una emergencia económica. Y algunos ministros le han pedido al Banco de la República que actúe decididamente para frenar la catástrofe. Incluso, algunos empresarios han recurrido, en formas crudas de demagogia económica, a poner ante las cámaras a empleados en ciernes de ser despedidos como consecuencia de la caída del dólar.

Pero, más allá de las quejas de los empresarios, razonables algunas, exageradas otras, los costos de la revaluación son reales. Y preocupantes. Algunos analistas han afirmado que la revaluación llegó para quedarse, que es una consecuencia del progreso de la economía colombiana, que lo mejor es no hacer nada, que los esfuerzos por evitar lo inevitable no sólo son infructuosos, sino también contraproducentes. Pero no hacer nada es discutible económicamente e imposible políticamente. Ningún Gobierno puede, así lo quisiera, cruzarse las manos ante una revaluación sostenida y sustancial. Los proponentes de la inacción carecen, por lo menos, de realismo político.

El problema es, entonces: ¿qué hacer? La respuesta no es fácil. Primero es importante señalar, de manera clara, lo que no debe hacerse. Fijar la tasa de cambio, que equivale a ordenarle al Banco de la República comprar dólares a la tasa fija sin ningún límite, es un exabrupto.

Tarde o temprano, la tasa fija terminaría por ceder ante la fuerza de los ataques especulativos. Limitar los flujos de inversión extranjera directa también es equivocado. Afectaría adversamente el clima de inversión y podría afectar también el empleo formal, precisamente lo que se quiere proteger. La emergencia económica, solicitada por algunos gremios, tampoco tiene sentido. Sería muy difícil de justificar ante la Corte y no resuelve nada por sí sola.

Lo primero que debe hacerse es un recorte del gasto público. El Gobierno anunció el fin de semana un recorte de 10 billones con respecto al anteproyecto de presupuesto, que es encomiable pero insuficiente. El recorte tendría que ser mucho mayor para afectar la revaluación. Pero incluso un recorte sustancial no va a resolver el problema. Otro tipo de medidas son requeridas.

Los controles a las inversiones de portafolio han sido criticados duramente por algunos economistas, entre ellos el gerente de la Bolsa de Colombia, pero no deben descartarse de plano. Aunque en otros países han funcionado transitoriamente, los controles no siempre son eficaces.  Los subsidios a los exportadores también son una alternativa. Pero tienen que ser transitorios. Y transparentes. El Gobierno debería publicar una lista completa de los montos y los beneficiarios, y debería explicar de manera precisa la metodología de asignación.

El problema de la revaluación no tiene una solución mágica. Todas las soluciones son imperfectas. Y deben examinarse sin apasionamientos y con pragmatismo. Tal vez lo más importante sea no hacer daño. El desafío consiste, entonces, en comprar tiempo, sin incurrir en grandes costos, mientras la economía de los Estados Unidos resuelve sus problemas, se recupera nuevamente y logra con ello sacarnos de la encrucijada de la revaluación.

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