Muy poco tiempo después de que el gobierno de George Bush le informara a la opinión pública nacional e internacional que la economía estadounidense estaba creciendo y que los rumores de crisis eran sólo eso, rumores, la crisis financiera se hizo inocultable y el gobierno quedó una vez más expuesto.
Muchos se preguntan por qué un gobierno republicano, tan amigo del libre mercado, no deja simplemente que los más fuertes sobrevivan y que los débiles desaparezcan. En cambio, al mejor estilo proteccionista, el gobierno se ha gastado una proporción muy respetable del dinero de los contribuyentes tratando de salvar la economía y, de paso, las entidades financieras que se encuentran al borde del colapso. Colapso que, en una muy buena parte, obedece a su propia irresponsabilidad. La medida no tiene contentos a muchos, pero todos los estadounidenses cruzan los dedos para que el asunto no pase a mayores.
La reacción de McCain intentó ser fuerte y patriótica, pero al final lo dejó muy mal parado frente a la opinión pública. Primero anunció que suspendía la campaña y el debate presidencial del viernes para viajar a Washington y ponerle la cara a la crisis. La movida intentaba mostrar a los americanos que McCain podía posponer la lógica electoral, porque el momento así lo exigía, y además dejar claro que el candidato tenía algo que decir sobre la forma en la que el gobierno debía afrontar la crisis. Al parecer nada de lo anterior resultó cierto. El New York Times reportó que en la reunión bipartidista de emergencia que convocó el presidente Bush, McCain no sólo permaneció callado durante buena parte del evento, sino que además, cuando intervino básicamente no dijo nada que todos los presentes no supieran.
Pero el gesto patriótico le salió caro por otras dos razones. La primera, porque la noche en que anunció la suspensión de su campaña, estaba invitado a uno de los programas de mayor audiencia en Estados Unidos: el talk show de David Letterman. McCain llamó a excusarse a última hora y Letterman no ha cesado en el transcurso de la semana y en horario triple A, de lanzar ataques disfrazados de bromas y sátiras en contra del candidato republicano. No es claro aún el costo electoral que su ausencia en el programa televisivo pueda tener, pero Letterman está siendo bastante exitoso en mostrar a McCain como un hombre que, simplemente, no cumple lo que promete.
La segunda razón es que muchos entendieron la cancelación inicial de su participación en el primer debate presidencial en Misisipi como una táctica poco sofisticada para evitar el debate. Por eso a McCain finalmente le tocó llegar a regañadientes a la cita el viernes en la noche. Y era una cita importante porque, en medio de la crisis por la que atraviesa el país, los americanos estaban ansiosos por escuchar las fórmulas de cada candidato para rescatar al sector financiero. Obama dejó claro que el problema es la rigidez de la agenda económica republicana, que constantemente se rehúsa a regular la economía y sólo permite la intervención del Estado cuando es demasiado tarde. McCain fue mucho más ambiguo, pero dejó en claro que no quiere un Estado gigante y costoso. Más de lo mismo, pero con un poco más de detalle.
Incluso en lo relacionado con Irak la posición de McCain dejó muchas dudas sobre la mesa. El discurso de que Estados Unidos está ganando la guerra allí después de cinco años y costos humanos y materiales altísimos, es difícil de sostener. Especialmente cuando nadie entiende por qué, para empezar, terminó Estados Unidos involucrado en un lío de semejantes proporciones. Sin embargo, la relativa calma en Irak no les está ayudando mucho a los demócratas tampoco y por eso la insistencia de Obama en cambiar el centro de atención hacia Afganistán y Pakistán. Pero en general, la famosa inexperiencia de Obama en materia internacional se notó poco y el candidato demócrata respondió con certeza y seguridad.
En un formato abierto y flexible que favoreció claramente a Obama, éste lució relajado y cómodo, mientras que McCain no hizo contacto visual con su contendor y muy rara vez le habló directamente. El acartone de McCain contrasta abiertamente con el estilo directo y fresco de Obama. Así lo demuestra el momento más sobresaliente de la noche, cuando Obama acusó con contundencia y sin pretensiones a su opositor. Refiriéndose a la guerra en Irak, le dijo: “Usted dijo que iba a ser rápido y fácil; dijo que sabíamos dónde estaban las armas de destrucción masiva. Pero se equivocó. Dijo que íbamos a ser bienvenidos como liberadores y también se equivocó”. Tratándose de un debate sobre asuntos internacionales y economía, un eventual empate pudo haber beneficiado más a Obama que a McCain.