La tarea siguiente

EL ÉXITO INSOSPECHADO DE LA ESPECtacular ‘Operación Jaque’ para la liberación, sanos y salvos, de 15 secuestrados ha producido reacciones de todo tipo en el país, desde la lógica euforia colectiva en la ciudadanía hasta remezones políticos  significativos, según  las encuestas de los últimos días.

Mucha tinta ha corrido sobre los efectos que este golpe a las Farc  generará sobre nuestro liderazgo, comenzando por el presidente Uribe y su posible reelección, o sucesión, en 2010. También ha sido omnipresente el protagonismo, aquí y en el mundo, del símbolo mayor de esta liberación, Íngrid Betancourt, a quien, vale decirlo, bien le caería la pausa que ha anunciado para, en la intimidad, surtir el necesario  proceso de recuperación de su tragedia.

No cabe duda  que será figura central de la política colombiana, pero cuando ya hasta su percepción sobre el célebre cabezazo de  Zidane a Matterazi en la final del Mundial de Fútbol provoca titulares, el desgaste de ese espíritu maduro que mostró el día de la liberación está a la vuelta de la esquina.

Mientras el cotarro político se divierte  con especulaciones  sobre candidaturas, posicionamientos y desubicaciones de las  figuras electorales, comienzan también a aparecer  análisis con mayor perspectiva e importancia sobre lo que debe venir para sacar provecho de largo plazo a este golpe contundente  y el ambiente positivo que ha generado.

 Algunos opinan que se debe profundizar la escalada  militar para llegar al “fin del fin”, otros creen que hay que  acelerar la salida negociada, nosotros mismos hace una semana aspirábamos desde aquí a ver al presidente Uribe liderando  un gran acuerdo nacional incluyente. El hecho cierto es que, por primera vez en mucho tiempo y aunque quizás falten años, la posibilidad de ver el final de nuestro conflicto aparece  como una opción viable.

Por eso, más que de candidaturas, la sociedad colombiana debería comenzar a mirar lo que sería un posconflicto sólido y duradero. Si bien en la academia el tema ha comenzado a moverse en los últimos años, con muy reveladores trabajos de investigación,  es hora de que ese debate se traslade a la agenda pública nacional para que no nos coja el posconflicto “con los pantalones abajo”.

¿Cuál sería, por ejemplo, la misión, y el presupuesto, de nuestra Fuerza Pública en un escenario sin ejércitos ilegales? ¿Habría que fortalecer las fuerzas policiales sobre las militares, o enfocar la acción conjunta a nuevos objetivos, como el narcotráfico? ¿Está dispuesta la población más rica a hacer esfuerzos contributivos para estos efectos, como lo ha hecho para el combate de la guerrilla?

El desgarramiento social que ha producido el conflicto plantea también retos inmensos. Ya con la desmovilización de miles de paramilitares se ha visto la poca claridad y los tumbos que se han dado para lograr su reincorporación a la vida económica legal. Es imperativo pensar en alternativas serias de generación de ingresos, pues si encuentran las puertas cerradas, es claro que el mejor camino para ellos, ya conocido, será volver a la vida criminal.

Y ni hablar de las víctimas, los tres millones de desplazados de que habló la Acnur, cuya restitución de bienes y posibilidades de retorno a sus lugares de origen están en el limbo, así como sus posibilidades de regresar a la vida productiva. Más que en la asistencia temporal de sobrevivencia, hay que pensar en  políticas públicas que les permitan superar la trampa de pobreza a la que los llevó la violencia.

 Así como en estos dos ejemplos, muchos elementos del funcionamiento del Estado tendrán que adaptarse para la eventual llagada  de la paz política. Temas como el acceso a la justicia a propósito, en la reforma que se anuncia, ¿habrá alguna consideración sobre el posconflicto?, la proliferación de  armas en manos civiles, la reconciliación, la corrupción y, por encima de todo, la propiedad de la tierra y el desarrollo  del campo, entre otros, deben ser asumidos, ya no solamente desde el ámbito académico.

Es un hecho que nadie se prepara para el posconflicto si no cree que el conflicto se va a terminar. Pues bien, si la ‘Operación Jaque’ ha llevado a pensar que el nuestro  puede llegar a su fin, es necesario incluir el posconflicto en las prioridades de política. Sería una desgracia que llegáramos y ojalá el día no esté muy lejano al final de nuestra guerra  para repetir la experiencia  de algunos países de Centroamérica, donde veinte años después de sus procesos de paz mueren  de manera violenta más ciudadanos al día que en los años del  conflicto.

Esta y otras experiencias, de hecho, pueden ser el punto de partida para construir, a partir de la replicación de sus éxitos y la prevención de sus fracasos, nuestra sociedad del posconflicto.

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