Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Bien difícil resulta en el ambiente polarizado por el radicalismo que vive el país alimentar esperanzas de unos mínimos puntos de encuentro para imponer algo de humanismo a nuestro conflicto. Sin embargo, el anuncio del alto comisionado para la paz, Luis Carlos Restrepo, el pasado miércoles, confirmando la autorización del Gobierno para que la senadora Piedad Córdoba, como lo demandaban las Farc, pueda formar parte de la misión para la liberación de los seis secuestrados, es una luz que abre la puerta a las ilusiones.
Resulta reconfortante, en efecto, que de las descalificaciones absolutas por parte del Gobierno a los contactos que la senadora Córdoba y el grupo que se ha llamado Colombianos por la Paz venían haciendo de manera pública con las Farc, se haya pasado a las autorizaciones y los acompañamientos para permitir la salida del infierno a estos seis colombianos. Desde hace tiempo se venía reclamando que se pusiera de una vez por todas a las víctimas por delante y esta vez el Gobierno ha dado un paso adelante que llama a la esperanza.
Como también lo ha dado la senadora Córdoba al acordar sin reservas con el alto comisionado que no se utilice la eventual liberación para montar espectáculos mediáticos como el que acompañó las pasadas misiones con participación venezolana. “Al reiterar que nuestro único interés son las liberaciones, se acordó con el Gobierno que no estará presente ningún medio de comunicación en la misma misión que facilitará la entrega de los seis secuestrados”, dijo la senadora a la salida de Palacio, y ojalá cumpla con esa discreción que sus palabras prometen para que su importante misión humanitaria se despercuda por completo de las sospechas sobre un posible aprovechamiento político.
Aún no está definida, es cierto, la otra condición que han impuesto las Farc para esta liberación unilateral: que exista un acompañamiento internacional. El cambio de actitud de las partes en los últimos días, no obstante, permite augurar un acuerdo para que exista ese garante extranjero, pero que en su escogencia y participación también incida únicamente en el interés humanitario. Nadie está dispuesto a soportar la utilización que se vio en pasadas experiencias de la tragedia que viven los secuestrados y sus familias en provecho político particular. En otras palabras, razón tiene el Gobierno Nacional en negarse a la participación de un Hugo Chávez o un Rafael Correa, pero eso no quiere decir que no haya personajes internacionales que no despierten rechazo de las partes y puedan hacer ese acompañamiento de manera discreta. Se habla del Nobel de Paz Adolfo Pérez Esquivel y bien podría ser él o alguno otro.
Quizá resulte demasiado prematuro —y contraproducente— hablar de un acuerdo humanitario más amplio o incluso de un ambiente propicio para iniciar conversaciones de paz, pero si, después de tantos errores y maquinaciones políticas, se maneja bien esta liberación, el efecto puede ser muy significativo para irnos acercando, al menos, a un conflicto con unas reglas mínimas de lo humanamente permitido. Ojalá no sea todo una vana ilusión ni llegue alguien a dar un golpe en la mesa, como en pasadas ocasiones en que se han prendido luces de esperanza similares.