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El borde norte de la capital

LA EXPANSIÓN DE BOGOTÁ, TEMA aplazado pero de inusitada importancia ahora que se discute el Plan Zonal del Norte, presenta muchas aristas. El ideal es que el perímetro urbano no se amplíe y que las nuevas áreas de construcción que demanden la vivienda y la actividad económica e institucional, se obtengan aprovechando las zonas no utilizadas y elevando la altura promedio de las edificaciones.

Este enfoque, que el alcalde Samuel Moreno prometió durante su campaña y ahora parece haber olvidado, evitaría los desastres de la conurbación, como se conoce el fenómeno por el que una metrópoli se extiende como mancha de aceite, arrasando los ecosistemas y engulléndose las ciudades y pueblos situados en su entorno geográfico. Lo que surge de allí, como lo muestra la experiencia de Ciudad de México, es una situación caótica, pésima para la calidad de vida de la gente.

Dentro del perímetro de Bogotá existen miles de hectáreas no urbanizadas o no construidas que podrían satisfacer la demanda de suelo para vivienda y demás usos. Eso sin contar los millones de metros cuadrados que podrían obtenerse si se modifican las normas referentes a la altura de las edificaciones.

 Las sucesivas administraciones distritales no se han comprometido con macropolíticas activas de desarrollo urbano. No han orientado, para dar un ejemplo, la inversión privada hacia grandes proyectos de renovación urbana en la ciudad ya construida. En vez de eso, se han plegado a la evolución espontánea de los procesos de expansión territorial.

Lo anterior es especialmente cierto en el borde norte. Allí se presentan dos clases de presión para la expansión que no se armonizan con el buen desarrollo de la ciudad. La primera emana de los propietarios de viviendas y dotaciones institucionales (colegios, clubes, cementerios…) que se encuentran, en gran parte de los casos, en una situación irregular en cuanto a licencias de construcción y planes de regularización y manejo. La segunda procede de urbanizadores que han adquirido grandes predios por fuera del perímetro urbano y desean desarrollarlos para obtener la plusvalía correspondiente al cambio del uso del suelo y las utilidades del negocio de construcción.

En el borde norte pueden distinguirse tres sectores. El principal es el de una reserva ambiental que, en su hora, el Ministerio del Ambiente ordenó a la CAR delimitar y que conectaría la reserva de los Cerros Orientales con el río Bogotá. Se trata no sólo de un elemento de conservación de la riqueza biótica de la Sabana y de un pulmón para los bogotanos, sino también de un tapón que impedirá la conurbación con los municipios aledaños. Otro sector es el de San Simón, situado al norte de la reserva, que fue declarado suelo urbano por una decisión absurda de finales de los ochenta, aunque imponiéndole una densidad limitada, de 10 viviendas por hectárea. Finalmente, están las áreas más cercanas al actual perímetro de la ciudad, situadas básicamente al sur de la reserva, y caracterizadas por un uso desordenado del suelo y prácticas inadecuadas de suministro de servicios (se utilizan aguas subterráneas).

Diversos sectores (ex ministros de Ambiente, líderes ambientalistas, senadores, concejales) le han solicitado al Alcalde proceder con cautela frente al borde norte. Todos insisten en que hay que proteger a ultranza la reserva ambiental, lo que implica eliminar un desarrollo urbanístico previsto en el límite entre esa área de preservación y la de los Cerros Orientales. También consideran indispensable mantener en 10 viviendas por hectárea la densidad de San Simón (un proyecto de decreto del alcalde Moreno prevé aumentarla a 60 viviendas), porque esa zona contribuye a conformar con la reserva ambiental el tapón que impedirá la conurbación hacia el norte.

Algunos consideran, en aras de discusión, que el perímetro urbano podría moverse hasta la calle 200, por ejemplo, para regularizar los desarrollos de vivienda e institucionales ya existentes en el área, pero a condición de destinar buena parte de los suelos así incorporados al perímetro a la vivienda de interés prioritario, y de acompañar esa ampliación territorial con un fortalecimiento de los programas de renovación en la ciudad ya construida.

Con todo, quizá lo más importante sea abrir un proceso serio de deliberación para que la administración, los expertos, los urbanizadores, los residentes en el área de que se trata y la ciudadanía en general alcancen un consenso sobre una cuestión tan crucial para el futuro de Bogotá como es el manejo del borde norte. La Alcaldía y la Secretaría Distrital de Planeación están en mora de convocar ese proceso.

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2009-01-20T23:00:00-05:00

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Editorial

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