A propósito de la paz

EL TEMA DE LA PAZ, COMO QUIERA que estamos en Semana Santa y año a año se hacen declaraciones de buenos propósitos, volvió a acaparar la atención mediática de la mano de la propuesta del presidente Uribe quien, de manera sorpresiva, se dirigió a las Farc en una conversación con empresarios en Popayán para exigir un cese de hostilidades de tres o cuatro meses.

Esta medida, sostuvo el Primer Mandatario, “sería necesaria para que haya condiciones para emprender un proceso de negociación”.

Inmediatamente después de la improvisada petición presidencial, diferentes reacciones irrumpieron para rechazar o dar apoyo. El senador Gustavo Petro, bastante crítico, manifestó que la propuesta era inútil, debido a que ni las Farc estaban interesadas en un proceso de paz ni el Gobierno se ha preocupado por implementar reformas sociales de fondo. La declaración presidencial —y hay quienes piensan como el senador— obedecería a un interés cuasielectoral, a una rutina tan sagrada como inocua.

Carlos Lozano, director del semanario Voz, explicó que toda propuesta encaminada hacia la paz debía ser considerada. Especificó que era preciso que el Presidente fuese más claro y sugirió, no sin razón, que para que el cese de hostilidades tuviese algún grado de éxito, era preciso que no fuese unilateral. La persecución militar, agregaríamos, habría de interrumpirse para que la propuesta alcance algún grado de éxito.

Entre los jerarcas de la religión católica, el arzobispo de Bogotá, cardenal Pedro Rubiano Sáenz, apoyó abiertamente al presidente Uribe, como ya lo había hecho en ocasiones anteriores. Incluidas las más polémicas, como cuando se mostró en desacuerdo con que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, facilitara el acuerdo humanitario, o cuando dio su apoyo a los rescates militares. “Es doloroso decirlo —sostuvo en ese entonces—, pero los familiares deben entender que no fue el Gobierno el que los retuvo, fue la guerrilla”.

En una posición menos alineada con la política de gobierno en materia de paz y de guerra, el presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Rubén Salazar, siempre ha hecho explícito que las Farc deben negociar una salida al conflicto armado. “Estoy absolutamente convencido de que nunca se podrá lograr que la guerrilla esté absolutamente derrotada”, llegó a decir en una entrevista, e incluso se opuso a una segunda reelección del presidente Uribe.

Esta última posición, menos desafiante, obedece a la voz de los ciudadanos que claman por una salida política al conflicto. La estela del grupo de Colombianos y Colombianas por la Paz, repudiado por varios políticos que insisten torpemente en que, antes que de intelectuales, el grupo se nutre de amigos del terrorismo, empieza a generar uno que otro cambio entre quienes aún se aferran a la vía estrictamente militar como respuesta al conflicto armado. El propio Presidente con este anuncio, que esperamos obedezca a una voluntad real de abrir algún espacio para el diálogo, aunque pone condiciones difíciles, exige de parte de la guerrilla inteligencia y buen criterio para asimilar el momento.

La sociedad civil, sensible a la degradación del conflicto y los peligros de la polarización, ha hecho lo suyo para presionar un cambio de parte de quien en más de una ocasión sostuvo que no dialogaría. La palabra la tienen las Farc.

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