Y cayó ‘Don Mario’

A LA YA LARGA LISTA DE CRIMINAles buscados, temidos, repudiados y capturados se suma ahora Daniel Rendón Herrera, alias Don Mario, considerado por las autoridades el mayor narcotraficante colombiano del momento.

El país vive un momento de júbilo y satisfacción, como quiera que Don Mario es sinónimo de sangre, excesos e historias de horror inenarrables. Pero persisten, por lo mismo, dudas y preguntas por lo que será el futuro de su organización y los usuales brotes de violencia que le siguen a todo golpe contra la mafia organizada.

El dispositivo de búsqueda desplegado en el Urabá antioqueño, entre Necoclí y Turbo, contó con la participación de 150 comandos Jungla de la Policía y 50 de la Dijín. Unos meses atrás, el cerco dispuesto para dar con Don Mario, por cuyo paradero el Gobierno ofrecía la suma de 5.000 millones de pesos, permitió la captura de personas como Asael Roa Sánchez, encargado, según la Policía, de reclutar jóvenes para la temible banda, y Jaime Culma, alias Puma, quien era el responsable del negocio del narcotráfico en Córdoba y Antioquia. Pese a que en dos oportunidades escapó a la presión de la Policía, en esta ocasión pudo más la contundencia y decisión de las fuerzas del orden. No podemos menos que felicitar a los que dirigieron, con tanto tino, el exitoso operativo.

Don Mario fue parte de las tristemente famosas Autodefensas Unidas de Colombia (Auc), combatió la subversión —después pactó más de una alianza con las Farc—, participó en masacres, se hizo ganadero y traficante de drogas. Tras desmovilizarse, como también lo hizo su hermano, alias El Alemán —ex jefe del bloque Élmer Cárdenas, hoy recluido en la cárcel de Itagüí—, reincidió en actividades delictivas. Sin tanta exposición a la opinión pública, llegó a ejercer el dominio completo del Urabá antioqueño. A partir de su poder económico y coercitivo, hasta donde es de conocimiento público, infiltró la Fiscalía en Medellín y Córdoba, así como la Policía del Valle de Aburrá. La DEA lo acusa de ser el responsable del envío de 100 toneladas de coca a los Estados Unidos, y el director de la Policía, general Óscar Naranjo, le atribuye a su organización más de tres mil asesinatos en los últimos 18 meses.

Las razones para alegrarse y celebrar la captura de Don Mario son evidentes. Pero es preciso, como siempre se ha dicho, matizar la sensación de victoria que desde ya aflora en las ruedas de prensa y comunicados gubernamentales. La violencia protagonizada por las mal llamadas Bandas Criminales Emergentes (Bacrim) no desaparecerá, como tampoco lo hará el narcotráfico que les da sustento a estos grupos delictivos. Violentas luchas por el liderazgo de la organización, el control de las rutas y los territorios no tardarán en azotar, una vez más, la convulsionada región del Urabá antioqueño si nos quedamos celebrando.

De nada sirven, en este complejo escenario en el que se mezclan el narcotráfico y la violencia con nuevas formas de ejercer el poder y hacer política, las exaltadas declaraciones de triunfalismo. Es más, animalizar al villano de turno, compararlo con una presa a la que se caza, a la vieja usanza de los bandoleros que caían inertes ante los tiros de las escopetas durante los inicios del Frente Nacional, sólo contribuye a que se deshumanice y degrade el conflicto.

Por lo demás, no deja de ser preocupante el fantasma de la extradición que pende sobre Don Mario, pues si bien debe purgar sus delitos como narcotraficante, esto no se debería anteponer a las muchas vidas que segó y las cuentas pendientes que tiene en materia de reparación y verdad con las víctimas colombianas.

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