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Aproximadamente 2.000 aviones de la Luftwaffe (Fuerza Aérea Alemana) atacan Polonia y Adolfo Hitler vaticina que “Gran Bretaña se acobardará”. Pero no sucede así. Por el contrario, se desencadena el enfrentamiento bélico de mayor envergadura que haya conocido la historia. Cerca de sesenta millones de muertos, en su mayoría civiles, serían el resultado de una disputa sobre la que de tiempo en tiempo, y en general con ocasión de las conmemoraciones, surgen nuevos datos y testimonios que dan lugar a interpretaciones anteriormente refutadas. O nunca consideradas.
En lo concreto, una guerra que puso a prueba la idea de que los avances tecnológicos, tan ligados a la carrera armamentista, confirmaban el avance de la humanidad. El sistemático exterminio de 12 millones de personas (la mitad de ellos judíos) en campos de concentración que empleaban cámaras de gas y crematorios, así como el uso de la bomba atómica, terminaron por confirmar que no había espacio para la idea que se tenía del progreso como inherente a la industrialización. El entonces primer ministro de Inglaterra, Winston Churchill, diría al respecto: “Me satisface mucho que hayan sido inventados los explosivos, pero creo que no debemos mejorarlos”.
Además de estos dos hitos, muchos otros acontecimientos ocurrieron entre el 1 de septiembre de 1939 y el 9 de septiembre de 1945, período en el que más de 70 países se dividieron en dos grupos. Los Aliados, bajo la dirección del Reino Unido, Francia, Rusia y Estados Unidos, se enfrentaron al Eje, que tuvo entre sus miembros a Alemania y Japón, así como a Italia, que posteriormente cambiaría de bando. Batallas feroces como Stalingrado (Rusia), Dunkerque (Francia) y Guadalcanal (Islas Salomón), junto a bombardeos como los de Dresde (Alemania) y Pearl Harbor (Estados Unidos) hicieron historia.
Sobre el papel, después del inicio de la Guerra Fría, al término de la Segunda Guerra Mundial y con el Plan Marshall de los Estados Unidos como estrategia para reconstruir una Europa sumida en la destrucción y el miedo, el nombre de los vencedores y los vencidos fue evidente por mucho tiempo.
Ahora eso que los historiadores llaman revisionismo ronda la memoria de los hechos. En Ucrania y las repúblicas bálticas son proclamados como héroes los colaboracionistas nazis, al tiempo que hay quienes anuncian que el pacto de no agresión entre Berlín y Moscú atizó la agresión nazi a Polonia. La polémica perspectiva con que se miran los acontecimientos vendría a equiparar a Hitler con Josep Stalin en las responsabilidades que se le adjudican al primero en el desencadenamiento de la contienda.
En Rusia ya se habla de los peligros de reescribir la historia y no son pocos los políticos que acusan a Occidente de menospreciar los sacrificios hechos por la Unión Soviético en su lucha contra el nazismo, cuyo saldo final de víctimas se estima en 27 millones. Hay también quienes cuestionan de tajo el que se diga que los bombardeos nucleares que produjeron en el año de 1945 un aproximado de 214.000 personas muertas, en Hiroshima y Nagasaki, eran indispensables. No faltan los reclamos a la comunidad internacional en tanto se considera que ha podido reaccionar frente al expansionismo nazi pero no lo hizo por tratarse, a su vez, de un muro de contención frente a la amenaza comunista. Y preocupan, desde el plano ético, quienes ante la explotación de lo que un historiador revisionista llamó La industria del holocausto, incurrieron en revisionismos, éstos sí negacionistas, que a la postre le han hecho pensar a más de uno que el exterminio del pueblo judío se exageró y nunca tuvo lugar en los términos de crueldad e ignominia que hoy conocemos.
Pasa el tiempo y cambian las interpretaciones que sobre el pasado se hacen unos y otros. La memoria de la Segunda Guerra Mundial, no importa si transcurren otros setenta años, será siempre un tema del presente.