Ahí en donde el Distrito, a partir de informes de la Policía, destacó una disminución del 3% en la tasa de homicidios, el concejal Orlando Parada alertó frente a un aumento del 10% con base en los informes del CTI y de Medicina Legal. En la esquina distrital se habló de 876 personas muertas y en la otra, la del control político, de 1.036. Cualquiera sea la cantidad que se escoja como excusa para discutir el tema de la violencia en Bogotá, lo cierto es que ya la propia administración aceptó que hay problemas.
En el fin de semana del Amor y la Amistad, según testimonio del coronel Jorge Baquero, comandante de Policía en la localidad de Kennedy, hubo seis asesinatos. Y 15 días atrás otros ocho. “Estamos ya por encima de Ciudad Bolívar”, manifestó con notable desespero el coronel Baquero, quien también se arriesgó a explicar que, aunque para él sería muy fácil manipular las estadísticas, considera primordial que se sepa que ya no nos enfrentamos a una cuestión estrictamente numérica. El problema, dicho por el coronel, es administrativo y no de más policías. Valga decir, de organización, pues “cuatro o cinco patrullas hacen todo”.
La violencia en Bogotá tiene diferentes matices. En las dos semanas anteriores la prensa ha informado de diversas modalidades. Un esposo asesinó a su pareja en Puente Aranda. En Bosa, por obra del sicariato, cayeron dos personas. Un taxista fue encontrado sin vida y con señales de tortura. Después de Cali y Barranquilla, Bogotá es la ciudad en la que el fleteo, del que en el año se han reportado 313 casos, más se practica.
En lo que no parece haber acuerdo alguno es en el origen de la violencia. Y lo habrá aún menos después de que el presidente Uribe, durante el encuentro de alcaldes de las ciudades capitales, se refiriera a Bogotá como una de las zonas del país en las que se han presentado menos homicidios en lo que va de 2009. Nuevamente el manipulable tema de las cifras.
Después del debate que se realizó en el Concejo, la secretaria de Gobierno, Clara López, aunque acusó a sus críticos de estar maquillando las cifras de seguridad, reconoció que la violencia no disminuía a la misma velocidad y se la endilgó “a los factores exógenos, el impacto del conflicto armado y los grupos delincuenciales en la ciudad”. Ya antes, con motivo de la Encuesta de Percepción y Victimización de la Cámara de Comercio, y los resultados desfavorables que indican que 6 de cada 10 ciudadanos consideran que la ciudad es insegura, el Distrito blandió la carta de la mala situación económica y el desempleo. Ahora el Alcalde explica que a Bogotá le hacen falta policías y que es preciso fortalecer la Policía Judicial.
No parece que exista un diagnóstico claro y fiable de lo que ocurre con la seguridad en Bogotá. Nadie se opone a que el conflicto haya permeado las ciudades, como quedó claro por estos días en que se discutió la violencia en las urbes y los límites de la política de seguridad democrática. Que el conflicto genera violencia es verdad de Perogrullo y la administración no debería pasar por alto que la mayoría de crímenes carecen de un ropaje político y que, como en el caso del mal momento que atraviesa la economía, estas son variables que ya han existido en el pasado sin que afecten el buen desempeño de las cifras de violencia.
Razón no le falta al Alcalde en que el pie de fuerza del que dispone la ciudad es inferior al promedio nacional requerido para garantizar la seguridad. Pero el dilema no se reduce al enfoque, bastante discutible, de la seguridad como un problema de policía y justicia. Aunque el tono opositor y poco constructivo no era el mejor, razón no les faltó a los ex alcaldes Antanas Mockus y Enrique Peñaloza al exigir de la administración de Samuel Moreno mayor continuidad en los programas anteriormente exitosos, como la cultura ciudadana.