Los alcaldes más recientes del Distrito Capital han empezado sus mandatos con un déficit de legitimidad que se ha visto materializado en los problemas que han tenido para ejecutar sus ambiciosas propuestas. Eso podría solucionarse con la implantación de una segunda vuelta en la elección del mandatario que, después del presidente, maneja más recursos y mayor población en todo el país.
La elección popular de alcaldes y gobernadores en todo el país fue un gran acierto. Eso ha permitido que sean las poblaciones, teniendo en cuenta sus necesidades, las que elijan a sus mandatarios, en contraste con la época en que esa era una función del presidente de la República, quien elegía a los gobernadores para que ellos, a su vez, eligieran a los alcaldes. Uno de los efectos positivos ha sido que, por ejemplo, en la Casa de Nariño haya un funcionario perteneciente a una corriente ideológica y, a los pocos metros, en el Palacio Liévano haya un alcalde que esté en la orilla opuesta. Lo mismo ha ocurrido a lo largo y ancho del territorio nacional.
Sin embargo, celebrar una segunda vuelta en las elecciones locales tendría un costo altísimo. Por eso, los alcaldes y los gobernadores son elegidos con base en la persona que reciba más votos, sin importar si alcanza la mitad más uno de todos los sufragios.
El problema, entonces, es que a menudo los alcaldes elegidos no alcanzan más del 50 % de los votos. Lo hemos visto en Bogotá: Enrique Peñalosa ganó con el 33,10 %, Gustavo Petro con el 32,22 %, Samuel Moreno con el 43,70 % y Luis Eduardo Garzón con el 46,29 %. De hecho, el último mandatario en ser elegido con más de la mitad de los votos fue Antanas Mockus, en 1994, cuando recibió el 64,51 % del total.
Lo anterior tiene efectos prácticos. La Alcaldía actual y la pasada enfrentaron, incluso desde antes de posesionarse, una oposición feroz y la amenaza de ver su mandato revocado. Eso significa que los mandatarios tienen que desgastarse políticamente y ante la opinión pública en labores de defensa, lo que le quita fuerza a su capacidad de ejecución.
Así perdemos todos, pues los recursos de la Alcaldía se desperdician y la ciudad sigue careciendo de una visión coherente, ambiciosa y de largo plazo.
En el Congreso de la República avanza ahora un proyecto de reforma constitucional, que ya pasó a segundo debate, que propone instaurar la segunda vuelta en la elección para la Alcaldía de Bogotá. Todavía faltan seis debates, pero nos parece que el Parlamento en pleno debería no solo respaldar la medida, sino darle celeridad a ver si se alcanza a implementar antes de las elecciones del año entrante.
Como lo hemos visto en las elecciones presidenciales, la segunda vuelta es una oportunidad de construir alianzas programáticas y de motivar a la gente a votar, lo que le permite a quien es elegido llegar al gobierno con respaldo popular y político suficiente para ejercer sin preocupaciones innecesarias.
Tal vez alcaldes con mayor legitimidad democrática puedan revitalizar la capital. Vale la pena hacer el intento.
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