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La señora May tiene que maniobrar en estos días no solo en contra de la corriente, sino con el plazo del 29 de marzo, fecha límite para el retiro, que pende como una espada de Damocles sobre su cabeza. Hoy debe presentar una nueva propuesta al Parlamento y, si se aprueba, ir a Bruselas. Ambas gestiones se ven difíciles de alcanzar. En primer lugar, porque dentro del Parlamento la oposición viene no solo de los laboristas de Jeremy Corbin, sino del ala dura de sus propios copartidarios conservadores y de otros partidos. Los primeros, porque quieren permanecer dentro de la Unión Europea, y los segundos porque consideran que las concesiones ya hechas por May han traicionado el voto que le dio el electorado para irse.
Además, si lograra la cuadratura del círculo, debería renegociar con Bruselas. Las autoridades comunitarias fueron muy claras al decirle a May que eso era lo máximo que estaban dispuestos a ceder en el tira y afloja de los últimos meses. Por este motivo, tan pronto como se supo el resultado de la votación, le expresaron a la primera ministra que considerarían una eventual prórroga siempre y cuando, entre otras cosas, logre alcanzar un acuerdo con Corbyn. Difícil tarea. La posición comunitaria fue aprobada por los secretarios generales de la Comisión Europea y del Consejo Europeo, así como los embajadores de los 27 países de la UE en Bruselas, en Bloque. Según los analistas, “el objetivo sería que Londres acepte mantenerse en la unión aduanera con Europa, un modelo similar al de Turquía y que evitaría la aparición de una frontera entre Irlanda del Norte (territorio británico) y la República de Irlanda (socio de la UE)”.
Por su parte, Corbyn tampoco tiene las cosas fáciles. Una vez conocida la derrota de Theresa May pidió un voto de no confianza. Allí se presentó una nueva paradoja: así como la mayoría votó en contra de la propuesta del brexit, los copartidarios conservadores y los integrantes de algunos partidos que le dieron la espalda en ese tema, votaron a favor de su permanencia como primera ministra. El líder laborista ha sido acusado de utilizar un tema de interés para toda Gran Bretaña como arma política, sin importarle las consecuencias. El ha argumentado a su favor que está defendiendo precisamente los intereses británicos al oponerse a la salida de la UE, que causará graves daños económicos y sociales. Para el efecto ha propuesto la realización de un nuevo referendo que permita corregir las fallas del primero, en el cual una campaña de noticias falsas y desinformación se adueñaron de las redes sociales.
Mientras tanto, en Bruselas, las autoridades comunitarias han dejado saber que están preparadas para poner en práctica lo que han denominado un “brexit brutal”. Esta variable se daría en caso de que no haya acuerdo con los británicos y se produzca el retiro sin ningún plan de por medio. Hacen gala de una aparente tranquilidad pues cuentan con planes de contingencia previstos desde finales del año pasado.
De seguir así las cosas, en las próximas semanas se podría estar configurando en el viejo continente una situación en la cual a cada uno de los actores podría sucederles que, si les va mal, pierden mucho y, si les va bien, pierden poco. Es de esperar que prevalezca la cordura y que la decisión final que se adopte sea la menos traumática posible.
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