En un discurso inusual para un político del Partido Republicano en los últimos diez años, el secretario de Estado de la administración de Donald Trump, Marco Rubio, intentó enviar un mensaje de tranquilidad a Europa y al mundo entero. Aplaudido por cientos de asistentes a la 62ª Conferencia de Seguridad de Múnich, en Alemania, el otrora senador y uno de los políticos que más suenan para lanzarse a la Presidencia de Estados Unidos habló de una historia compartida, de la importancia de las alianzas, de proteger y reconstruir el orden mundial. Se leyó, al mismo tiempo, como una mano extendida después de meses de tensiones con Europa y también como una sutil, aunque no inadvertida, confesión: el tiempo de Trump llegará a su final y hay una disputa en marcha sobre quién liderará la derecha en su país una vez él salga de la Casa Blanca. Empero, mientras Estados Unidos promete volver a mirar al mundo, también deja en evidencia su ceguera ante la realidad que ha construido en esta década.
Sí, el discurso de Rubio tiene partes que, en otro contexto, serían inspiradoras. “Las dos grandes guerras del siglo pasado son un recordatorio constante de cómo, en última instancia, nuestro destino está y siempre estará entrelazado con el suyo, porque sabemos que el destino de Europa nunca será irrelevante para nosotros”, dijo el secretario. En aparente campaña política, explicó: “Para nosotros, los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el hemisferio occidental, pero siempre seremos hijos de Europa”. También recordó que fue allí, “en Europa, donde nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo. Fue aquí, en Europa, donde aparecieron el Estado de derecho, las universidades y la revolución científica. Fue este continente el que produjo el genio de Mozart y Beethoven, de Dante y Shakespeare, de Miguel Ángel y Da Vinci, de los Beatles y los Rolling Stones”. Sí, el secretario de Estado hablaba del mismo continente al cual su jefe, Donald Trump, ha estigmatizado, amenazado y del que se ha burlado abiertamente.
Es claro que Rubio se ve a sí mismo como el futuro del Partido Republicano, tal vez un retorno a una línea más institucional después de los años de caos generados por el trumpismo. Sin embargo, el secretario, aunque es más elocuente, adolece de la misma ceguera de la derecha estadounidense. Por ejemplo, les dijo a los europeos que ellos y Estados Unidos son “parte de una civilización: la civilización occidental. Nos unen los lazos más profundos que pueden compartir las naciones, creados por siglos de historia compartida, fe cristiana, cultura, herencia, lenguaje, ancestros”. Como explicó Jim Tankersley para The New York Times, Rubio habla de una Europa que no existe. El cristianismo viene en descenso de fieles en todo el continente, mientras que menos de la mitad de los residentes de Inglaterra, Francia y Alemania se identifican con esa religión. No solo ha aumentado el número de personas que no comulgan con ninguna religión, sino que la religión musulmana va en crecimiento. Aunque el secretario pidió políticas antimigratorias, cuando Europa es hoy un continente construido por la migración desde distintas partes del mundo. Reem Alabali-Radovan, ministra para la Cooperación Económica en Alemania, respondió al discurso de Rubio diciendo que “la experiencia alemana muestra que la migración es una fortaleza, no una debilidad. Las personas contribuyen a nuestra sociedad y a nuestra economía sin importar cuál sea su historia. Alemania es un país de inmigrantes, y nuestra prosperidad futura depende de la apertura, la oportunidad y la integración”.
El secretario también reivindicó el rol de Estados Unidos para decidir qué actuaciones son legales. Después de mencionar que la Organización de Naciones Unidas “no tiene respuestas y prácticamente no ha desempeñado ningún papel” en los asuntos más importantes del planeta, argumentó que “fueron necesarias las fuerzas especiales estadounidenses para llevar a Nicolás Maduro ante la justicia”. Por eso, argumentó, no puede permitirse que los criminales “se escuden tras abstracciones del derecho internacional que ellos mismos infringen habitualmente”. Pidió reconstruir el orden mundial, ¿pero cómo, si Estados Unidos se ha negado a cumplir las normas? ¿Dándole poder a quien ocupe la Casa Blanca de tomar la decisión sobre qué es legal y qué no? Todo el discurso fue celebrado por la ultraderecha europea, pero dejó más evidencia de que no hay una propuesta clara para un mundo basado en reglas. Cambia el vocero, no cambia el fondo del mensaje.
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