“Soy capaz de solicitar a esta Asamblea Nacional la derogatoria de esa ley”, consideró, y luego sugirió el 1 de mayo como el fin de esa polémica norma concedida por el anterior parlamento, monopolizado por el oficialismo. Además, en su discurso, el presidente Chávez definió a sus contendores como adversarios y no los tildó, como suele hacerlo, de enemigos o escuálidos. Tampoco aludió al carácter imparable de la Revolución Bolivariana, no habló de hacer “trizas” a nadie y negó que hubiese un proyecto comunista. Aunque se pueda dudar —con razón— de la sinceridad de su tono, de todas formas, como bien lo afirma Teodoro Petkoff en el periódico venezolano TalCual: “Este Chávez del mensaje parece haberse tomado en serio sus propias palabras acerca de ‘hacer política’ ante una oposición que, según él mismo, ‘está haciendo política’”. No es para menos: una Asamblea con una oposición organizada que supera el 40% es un hecho que no le conviene desconocer, en especial a menos de dos años de su aspiración a una nueva reelección.
En este sentido se explica también la retirada del polémico proyecto de ley que pretende restringir la autonomía universitaria. Aunque fue el mismo presidente Chávez quien lo adelantó y presionó, en su discurso del sábado regañó a la Asamblea por dicho proyecto y pidió su hundimiento. Acción que, pese a su incoherencia, bajará seguramente los ánimos en las calles, situación que él conoce bien como peligrosa; de la misma manera en que la inconformidad popular lo llevó al poder, ésta puede tumbarlo, como claramente lo evidenció el golpe de Estado que tuvo que enfrentar en 2002. Además, el presidente Chávez es consciente de que en una región en que la autonomía universitaria cuenta con el estatus de presupuesto básico y no negociable, le será difícil sostenerle a la comunidad internacional que sus universidades están siendo estatalmente controladas, en especial tras el fuerte pronunciamiento del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, a comienzos de este mes. Por primera vez, este organismo multilateral se opuso públicamente y de manera clara a varios de los manejos del gobierno venezolano.
A la presión internacional se suma la coyuntura de países como Túnez y Bolivia. Ningún gobierno autoritario puede obviar, por un lado, la caída de un régimen totalitarista como el del país africano y, por el otro, los desórdenes internos de un populismo mal manejado, como el de Evo Morales, quien tuvo que, por presión ciudadana, retractarse de la reducción de los subsidios sobre la gasolina, a pesar de su clara conveniencia y necesidad. Aunque la conexión parezca lejana, los movimientos internacionales asumen dinámicas propias cada vez que sucesos de esta naturaleza se presentan.
En cualquier caso, más allá de la motivación última del cambio que reflejó el mandatario del vecino país en su último discurso, éste merece reconocimiento. Es cierto: nada permite pensar que la calma durará para siempre. Sin embargo, el hecho de que Chávez esté teniendo en cuenta la presión nacional e internacional para hacer sus intervenciones, muestra que el panorama puede no ser tan sombrío y que con una oposición más consolidada, Venezuela podrá ir recuperando poco a poco su democracia, y no a través de un golpe de Estado, sino por las mismas vías y canales institucionales que todavía permanecen y que, contrario a los pronósticos, podrán fortalecerse. En política, como bien se sabe, no hay nada escrito, y el discurso del sábado es una muestra inesperada de que, aunque muy lentamente, los vientos tal vez puedan cambiar.