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Celebración manchada

No deja de ser una costumbre navideña que se use la pólvora como parte intrínseca de nuestras celebraciones: debe haber siempre, explotando en lo alto del cielo, sin importar las consecuencias anunciadas de manera reiterativa en todos los medios.

El Espectador

09 de diciembre de 2014 - 08:15 p. m.
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Ese es el espíritu colombiano: terco frente a lo razonable, valiente ante el peligro más evitable. Poco es lo que se ha interiorizado este hecho, pese a que en nuestro país es costumbre, también, que haya quemados todos los años. Sin excusas. Cientos de ellos, por demás.

Las medidas preventivas y policivas (de control) han hecho lo suyo: la tendencia en los números tiende a bajar con los años. Sin embargo, no deja de sorprendernos que la cifra siga siendo tan escandalosamente alta cuando apenas empieza el mes. Han transcurrido diez días y el Instituto Nacional de Salud (INS) ya publica los primeros boletines. Sorpresas de la Navidad.

Veamos: el total de 2014, hasta ahora, son 117 personas quemadas, concentrándose en Antioquia (tristemente puntera todos los años) y en el Valle, donde persiste aún una cultura generalizada de quema de pólvora. Así es la ilegalidad. Se cuela por donde sea.

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La teoría jurídica moderna explica que hay tres tipos de normas: las legales, las morales y las que se generan por la costumbre. En países donde existe una cultura mucho más arraigada de cumplimiento de normas, todas esas categorías coinciden: no solamente no cometen lo prohibido porque esté prohibido, sino que, además, su convicción se los impide, la costumbre lo evita. Las tres están alineadas para la consecución de los mismos hechos. No se trata esto de un país de autómatas que no cuestionen la autoridad: al contrario, estas normas están diseñadas para la convivencia, no para la imposición de políticas que frenen la libertad.

Pero esa honda consideración filosófica y jurídica (la de la desobediencia civil) no es la que tienen en la mente quienes echan pólvora por los cielos: pensamos, más bien, que lo que prima aquí es la cultura del más vivo: “yo no me dejo dar órdenes”; “yo siempre he hecho esto”; “nunca me ha pasado nada, no tiene por qué pasarme ahora”. ¿No sucede así con la Alborada del Valle de Aburrá, Antioquia, defendida a capa y espada por muchos? ¿Y no dejó, también, quemados al paso de estelas quemándose en lo ancho del cielo?

Pues de frase dicha en chispa puesta tenemos lo que tenemos: 50 menores de edad quemados, 28 lacerados, nueve con daños en la vista, uno con fallas en el oído, siete con contusiones de distinto tipo. Y eso que no contamos a la otra mitad de lo que nos dejan los datos: los adultos que sufrieron las mismas lesiones. Cifras en frío que son nada si no se alimentan con historias e imágenes: pero hasta allá no llegan los informes del INS. Esa es otra labor que, por estos días, a ratos, alimentan los periodistas año tras año.

Llegó la hora de emprender una política pública integral, pese a la reducción que hubo con respecto al año pasado. Una conducta irresponsable que genera una alegría incierta y repetitiva no puede ser el alimento de una tragedia que sí dura de por vida. Para ello hay que poner por el mismo camino la norma con la moral y con la costumbre: las campañas educativas, de reproche social, de creación de otro tipo de actividad, son las que generan comportamientos nuevos. “Esa es una cultura muy difícil de cambiar” no es el mejor argumento. Si así fuera, seguiríamos con otras conductas que históricamente hemos reprochado. Aún faltan otros picos: la Nochebuena y el Año Nuevo. Ya veremos si entramos en razón.

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