Cerros orientales: la agenda pendiente

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Vista desde el aire, la reserva del bosque oriental de Bogotá es la mayor área verde en el sector más habitado de la sabana. Supera en superficie a todo el resto de elementos definidos como la estructura ecológica que debemos conservar. Temprano, a mediados del siglo XX, antes de que el país contara con un sistema de áreas protegidas, algunos visionarios entendieron que era necesario transformarla de un espacio sometido a la extracción de maderas, fibras y materiales de construcción a una gran área verde para beneficio de la ciudad. En la medida en que las coberturas vegetales en este espacio de unas 15.000 hectáreas se han venido recuperando, también se ha venido creando una demanda social por la naturaleza, no ya solo como telón de fondo de la ciudad, sino como un área protegida urbana en el sentido contemporáneo del término. Un espacio administrado por una autoridad ambiental y adecuado para proporcionar de manera organizada beneficios tangibles a la sociedad. Hoy, una vez en camino certero —y ojalá sostenible— hacia la superación de las disputas legales, emerge la agenda pendiente para un área protegida efectivamente gestionada. Los restos complementarios son al menos tres.

El primero es la recuperación de los valores naturales. El verde pino o eucalipto, si bien es mejor que ningún verde, denota una limitada capacidad de visión y acción en relación con lo que se espera hoy. No había suficiente conciencia ni saber práctico para reconocer y promover la biodiversidad nativa, que ha sobrevivido en espacios marginales. La renaturalización que implica el reemplazo paulatino de lo foráneo y el enriquecimiento con lo propio debería constituirse en una agenda activa para las generaciones que nos siguen. El Jardín Botánico tiene allí un papel misional y el Instituto Humboldt, con su sede principal en los cerros, tiene experiencias muy prometedoras. El retorno espontáneo de aves y mamíferos da cuenta de ello.

El segundo reto es hacer accesibles los cerros para los ciudadanos, a través de la habilitación y administración de una extensa red de senderos. No se trata de obras civiles que irrumpan en el paisaje y las finanzas públicas, sino un proceso continuado de puesta en valor, con un alto contenido social y de gestión del conocimiento. Hay modelos en la reserva privada Umbral Cultural Horizontes, la quebrada La Vieja, Las Delicias y en amplios sectores del sur de la ciudad y el suroriente del parque Entrenubes. Pocas capitales latinoamericanas tienen una oportunidad de esta magnitud, que en estos tiempos de encierro obligado constituye una sentida necesidad para la salud humana.

El tercer reto es la justicia ambiental. Porque los cerros, en gran parte, son espacios habitados por comunidades campesinas y nuevos habitantes rurales, como en el sector Los Verjones. La reserva no puede constituirse en una limitación a sus aspiraciones legítimas, que apuntan hacia ser custodios de este territorio. Su involucramiento como gestores y cuidadores de la reserva es además ejemplo para los sistemas de áreas protegidas en todo el país.

La intención de la administración distrital de hacer una gestión acorde con su carácter ecológico y social existe. El mandato para las autoridades ambientales, nacional y regional, no tiene duda, aunque no han faltado interpretaciones o negligencias que apuntan en otro sentido. El Acueducto de Bogotá, que además es poseedor directo de una parte importante de los cerros, tiene allí una función central a cumplir. En este sentido, es de apoyar la campaña que la Fundación Cerros de Bogotá alienta para el cumplimiento del fallo del Consejo de Estado que ordenó la “creación de un corredor social, ecológico y recreativo”, porque los cerros nos salvan. Llegó el momento de superar el muy prolongado limbo institucional y lanzar la agenda de largo alcance. Es un cometido de ciudad y de ciudadanía. Proponerlo así y buscarlo significaría en sí mismo una diferencia política.

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