Tal vez la historia marcará el 2023 como el año en que China puso sus cartas sobre la mesa y demostró que será el polo ineludible en cualquier conversación global. No porque sus ambiciones sean nuevas: estamos hablando de un proceso que lleva décadas consolidándose, con un éxito innegable y pasmoso, sino porque los primeros tres meses del año han estado marcados por golpes de autoridad, uno tras otro, ante la aparente indiferencia de los gobiernos democráticos del planeta. Mientras escribimos este editorial, el ejército chino tiene rodeada la isla de Taiwán y realizó un simulacro de ataque a lugares estratégicos en el territorio democrático, y muy pocos se han atrevido a condenar la agresión en los términos que se merece. Los gobiernos bajan la cabeza ante el nuevo líder global.
La estrategia china es compleja y por eso ha sido tan efectiva. Muestra, al mismo tiempo, generosidad económica, destreza diplomática, indiferencia con los autoritarismos, poderío militar y mucho recelo sobre cualquier crítica que se dirija al Partido Comunista Chino y sus caprichos. Los resultados están sobre la mesa: Arabia Saudí e Irán retomaron relaciones diplomáticas gracias a la mediación de China; varios países, incluyendo Brasil, India y Arabia Saudí, han abandonado el uso del dólar en sus negocios internacionales y varios Estados africanos han anunciado el pago de su deuda externa en yuanes; China se convirtió en el salvavidas económico de Rusia, sin consecuencias mayores en Europa por ese apoyo; la oposición democrática en Hong Kong fue aplastada y encarcelada bajo leyes draconianas que ya se normalizaron; Taiwán ha seguido perdiendo apoyo diplomático, siendo Honduras el más reciente; en cambio, los lazos económicos del gigante asiático se siguen fortaleciendo en todo el planeta.
El problema no es hacer duelo por el abandono de un mundo unipolar ni lamentar que Estados Unidos esté perdiendo gran parte de su influencia con la que dominó el siglo XX. El país del norte, que ha mostrado un deterioro democrático notable y está en riesgo de caer ante sus instintos autoritarios, utilizó su poder de manera irresponsable y violenta, desplegando un imperialismo hipócrita justamente criticado a lo largo de los años. La pregunta es por qué esas críticas al imperialismo están silenciadas ante la creciente influencia de China. Parece inevitable, por ejemplo, que el gigante asiático aplaste la tradición democrática de Taiwán, un país generoso con las democracias occidentales, y lo más que se escuchará son algunos lamentos internacionales. Tampoco se dice mucho de la persecución sistemática de musulmanes uigures dentro de China, del encarcelamiento de los defensores de la democracia en Hong Kong, de las leyes contra la libertad de prensa y pensamiento dentro de la China continental ni del hecho de que el estilo diplomático chino es arrojar dinero a los países sin importar que tengan pésimos récords en protección de derechos humanos. Dirán los Estados como Brasil, México e incluso Colombia que el principio más importante es la no intromisión en los asuntos internos de las naciones, pero esa es una manera de ser cómplice con el crecimiento de un líder global autoritario. El resultado es que las voces prodemocracia en todo el mundo, especialmente en los países con caudillos, seguirán siendo silenciadas.
La pregunta es qué tipo de mundo queremos construir y la respuesta pasa por China, pero también por la posición que asuman los países democráticos. El silencio ante lo que ocurre en Taiwán es un pésimo augurio.
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