“Cien años de soledad” y memoria

La obra de Gabriel García Márquez obligó al país a enfrentarse con su memoria olvidada, y esto debería ser una lección para el proceso de memoria histórica que arranca Colombia. / Foto: Gabriel García Márquez

Se cumplen 50 año de la publicación de Cien años de soledad, la obra cumbre del Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez. Además de su valor literario, que varios autores discuten en esta y futuras ediciones de El Espectador, queremos detenernos sobre un aspecto esencial para el presente y el futuro de Colombia: el rol que la literatura de Gabo ha tenido en la construcción de la memoria sobre nuestros conflictos.

“-¡Ah! -dijo-, entonces usted tampoco cree.

-¿En qué?-.

-Que el coronel Aureliano Buendía hizo 32 guerras civiles y las perdió todas -contestó Aureliano-. Que el ejército acorraló y ametralló a 3.000 trabajadores, y que se llevaron los cadáveres para echarlos al mar en un tren de 200 vagones”.

En ese fragmento de Cien años de soledad, como en muchos otros que pueden encontrarse en su obra, García Márquez pone la lupa de la memoria sobre eventos que pocas veces llegaron a los libros de historia; esas tragedias donde el silencio oficial es cómplice. En esta ocasión se refería, puntualmente, a la masacre de las bananeras.

Más allá de repetir los hechos, lo que hizo Gabo una y otra vez en sus obras fue convertir las tragedias, los atropellos, en mitos, obligando así a Colombia y al mundo entero a reconocerlos, estudiarlos, pensarlos. Todo lo contrario a lo que los victimarios querían.

Lo dijo mejor César Rodríguez Garavito a El Espectador, cuando explicó que “mucho después de leer Cien años de soledad vine a entender que el pasaje sobre la masacre de las bananeras encapsula la esencia de los derechos humanos. Los derechos humanos son un esfuerzo contra la desmemoria y la posverdad. Defenderlos es afirmar que sí ha pasado algo y procurar que no vuelva a suceder”. La literatura, entonces, se convierte en un reto a la memoria de un país acostumbrado a olvidar.

También es muy útil recordar el precio que el mismo García Márquez pagó por retomar las voces marginadas y explorar las causas que cargaron el estigma de ser enemigas de la nación. La persecución en su contra lo llevó al exilio y aún hoy, en la voz irreflexiva de una parlamentaria y otros políticos, hay quienes sonríen condenándolo al infierno, como si su obsesión con la paz del país, con una Colombia mucho más incluyente, fuese un pecado mortal.

Todas estas son lecciones para la coyuntura actual del país. La memoria es un campo de batalla más, donde todos los actores del conflicto quieren escribir la historia, imponer su versión como la definitiva. En medio del proceso de paz hay esfuerzos por promover una historia nacional sin responsables; por echarle tierra a toda la sangre vista en nuestro territorio. El posconflicto, de ser así, no sería cambiar de página, sino un intento por borrarla y asumir que nada pasó.

Pero la obra de Gabo es precisamente una respuesta a ese silenciamiento, a la pretensión de los poderosos de que nunca se sepa bien lo que ocurrió. Es muy diciente que la ficción colombiana que alcanzó la inmortalidad, y que es leída en todo el mundo, es la que buscó contarnos sin tapujos, retratar lo irracional del dolor del país y darle forma. Como lo escribió ayer Julio César Londoño en El Espectador, García Márquez “nos conocía perfectamente a todos, como si fuéramos salamandras traslúcidas”. Al vernos en ese espejo, también, nos obligó a recordar, a discutir, a explorar heridas e intentar sanarlas, todo con el objetivo de alguna vez poder vivir en paz. Ahora que estamos tan cerca de ver la paz que el nobel tanto añoró, que Cien años de soledad sea un recordatorio de la importancia de buscar la verdad, así sea profundamente dolorosa.

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