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Las elecciones al Congreso de la República fueron un éxito para la institucionalidad colombiana. Después de semanas de tensiones y de rumores infundados sobre fraude electoral, los colombianos pudieron ir a las urnas en relativa tranquilidad y demostraron que tenemos una cultura política en proceso de madurez, con las pasiones al rojo vivo, pero también comprendiendo cada vez más que las urnas son una excelente herramienta para expresarnos. Los resultados de las consultas y de las elecciones a Senado y Cámara demuestran una ciudadanía involucrada, agradecida de contar con múltiples opciones y comprometida con romper viejas tradiciones clientelistas.
Sí, la historia que se contará de estas elecciones será una donde es ineludible mencionar a los candidatos cuestionados que fueron elegidos. Lastimosamente, la operación mediante maquinarias sigue siendo una característica de nuestros procesos electorales. Las cifras de incautaciones de dinero y de denuncias son frustrantes. Al cierre de esta edición, el Puesto de Mando Unificado reportó 940 quejas y la incautación de COP 3.628 millones. Dos candidatos fueron capturados en presuntos hechos de corrupción, mientras que en los territorios con presencia de grupos al margen de la ley hubo amenazas. Sabíamos que pasaría, no solo porque Colombia sigue siendo un país violento, sino porque las comunidades lo han advertido una y otra vez.
Sin embargo, quedarse con ese relato es insuficiente. La Registraduría presentó los resultados del preconteo con diligencia, los jurados de votación hicieron un muy buen trabajo, los testigos electorales brindaron seguridad a todo el proceso y Colombia vio que tiene un sistema electoral con muchas garantías. En medio de tanta polarización y tensiones, el país eligió un Congreso de la República variopinto, con representación generosa de todo el espectro político y con claras señas de que hay una apuesta por la renovación ante las viejas prácticas clientelares.
Adicionalmente, por fin arranca la carrera presidencial. Nada está definido. Si bien las consultas sirvieron para eliminar algunas narrativas, como la inevitabilidad de Abelardo de la Espriella y la fortaleza de Roy Barreras, la realidad es que el país está dividido y todos están opcionados. Iván Cepeda comienza con un liderato indiscutido, pero Paloma Valencia llega reforzada; Juan Daniel Oviedo se consolida como una sorpresa, y el centro tendrá que hacer muchas reflexiones sobre su viabilidad ante los resultados de Claudia López y la ausencia de Sergio Fajardo. No hay, en todo caso, un claro ganador aún, lo que significa que ahora los colombianos podremos interrogar cada candidatura y llegar a una primera vuelta con opciones que también abarcan todo el espectro ideológico. En vez de caer en la trampa de tener que votar “en contra de”, estas elecciones permiten “votar a favor” con entusiasmo. Otra señal de una democracia robusta, aunque esté llena de divisiones profundas.
Ya habrá tiempo de observar con detalle quiénes ocuparán las curules de un Congreso cuyo objetivo será reconstruir su propia legitimidad. Ahora, sin duda, los reflectores se los llevarán las vueltas de la campaña presidencial, que empieza a toda velocidad. Tenemos tiempo para evaluar propuestas, entender alianzas y, sí, ojalá volver a votar en masa. Porque las urnas son una apuesta por la paz, por encontrarnos en las diferencias, por una Colombia que delibera en voz alta, que confía en la construcción de un proyecto en conjunto. Ayer vimos la fuerza de nuestras instituciones, eso siempre es motivo de celebración.
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