Colombia sigue siendo un país violento

La intolerancia es el principal reto del país en términos de violencia. / Foto: Archivo - El Espectador

En Colombia terminó el conflicto armado con las Farc, pero siguen ocurriendo asesinatos y agresiones en tasas alarmantes. Según las cifras recientes entregadas por Medicina Legal, los colombianos somos intolerantes y resolvemos nuestras diferencias a las malas. Se requieren más intervenciones culturales que ataquen este problema.

En Forensis, Medicina Legal cuenta que el 66 % de los homicidios ocurridos en Colombia el año pasado tuvieron como causa la intolerancia. Ese dato debe leerse en conjunto con los 270.967 casos de lesiones personales que se registraron en el 2016.

Es interesante, y ya muy conocido, ver cómo la mayoría de los casos de violencia se dan entre personas muy cercanas, evidenciando que los hogares colombianos son campos de batalla. En el 2016 hubo 77.106 casos de violencia intrafamiliar, con 342 lesionados por día sólo por ese caso. Entre parejas se presentaron 50.767 casos de violencia, principalmente en contra de las mujeres (85 % de ellos), pero también contra los hombres (15 %), dato último que seguramente está subrepresentado por la falta de denuncias.

Hay, no obstante, motivos de esperanza, aunque tenues. En Bogotá, por ejemplo, se redujo el número de denuncias de violencia contra la mujer, y la tasa de homicidios en la capital también disminuyó en 5 %.

Dicho eso, la situación sigue siendo lamentable. Cada hora llega a Medicina Legal en Bogotá una denuncia de violencia contra la mujer. En el informe se advierte que “la violencia sexual relacionada con lesiones está aumentando” y que “los mayores hechos de violencia sexual son en escenarios como la vivienda, donde se espera que haya mayor confort y mayor paz”.

La guerra, entonces, continúa y en un espacio a donde es muy difícil entrar: los domicilios colombianos. La última Encuesta Nacional de Salud Mental, desarrollada por la Universidad Javeriana, ya nos ofrecía el diagnóstico de un país con “algún grado de disfunción familiar”, donde los niños y ancianos se han sentido discriminados, donde hay mucha población marcada por experiencias de violencia y donde poco se participa en grupos o actividades de beneficio comunitario.

Tenemos, entonces, que empezar a reconocer la magnitud del problema, la intolerancia que predomina en los colombianos y el hecho de que no hay soluciones sencillas para la violencia, que se nublaba por el ruido del conflicto con las Farc.

Hay experiencias de éxito. El desarme en Bogotá desde la pasada Alcaldía sin duda dio resultados. Pero, por ejemplo, en lo que concierne a la violencia contra la mujer parecemos estar inmersos en un círculo vicioso: siguen ocurriendo casos, se desata un escándalo, se piden intervenciones culturales eficaces y reducir la impunidad, y poco cambia hasta el próximo caso. No podemos permitir que eso siga ocurriendo.

Debemos empezar por cambiar el diagnóstico. Cuando se habla de violencia de género, y sobre todo aquella que ocurre en los hogares (que es la mayoría), todavía muchos colombianos creen que son trapos sucios que se deben lavar en casa y que las víctimas se lo buscaron. Para cambiar creencias prejuiciosas tan arraigadas, es necesario seguir manteniendo conversaciones constantes que demuestren que tener un país pacífico depende de nosotros y de abandonar esa complicidad histórica con la violencia. Falta mucho camino por recorrer.

 

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2017-07-20T21:00:28-05:00

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