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Que Colombia tiene que diversificar sus exportaciones y sus fuentes de financiación internacional es una verdad de Perogrullo que se ha repetido en todos los gobiernos. La ejecución, sin embargo, ha demostrado ser mucho más compleja que un simple discurso o las intenciones de un sector particular. Esto se debe a las dinámicas propias de los mercados internacionales, a las influencias políticas de los intereses en conflicto, pero también a que Colombia no ha tenido un desarrollo industrial capaz de diferenciar a nuestro país y protegernos de esos vaivenes globales. Eso causa que cualquier discusión de abrirse a nuevos socios y fortalecer lazos pase siempre por un cúmulo de consideraciones que no son rentables políticamente para el dirigente de turno y afectan su posibilidad de mostrar resultados. China muestra precisamente esa situación.
Tiene razón el presidente Gustavo Petro en decir que nuestro país necesita diversificar sus socios comerciales y que el gigante asiático, con su interés de liderazgo global, es una puerta abierta que no se puede ignorar. Presidencia también ha pedido acercamiento con la Unión Europea. El problema es que de un discurso no pasa mucho: no hay una política de Estado que nos ayude en la industrialización y la productividad, y que haga acercamientos a estos posibles socios de manera concertada con las empresas, que son las que van a entrar en la dinámica de exportar e importar. En medio de eso, nuestra relación con los Estados Unidos, principal socio comercial y con efectos tangibles en el día a día de los colombianos, queda también supeditada a las peleas entre mandatarios y sus subalternos.
El intercambio entre Estados Unidos y Colombia fue de US$36.700 millones en un año, con un superávit de US$1.300 millones a favor del país del norte, según cuenta El País, de España. Con China se mueven US$17.000 millones, pero solo US$2.377 millones fueron exportaciones de nuestro país. El presidente dice saberlo: “¿Por qué China tiene un superávit comercial? Nosotros, un déficit por US$14.000 millones de anuales. Eso nos lleva a una pobreza, y no quiero que China sea productora de la pobreza”, dijo en su discurso reciente defendiendo su viaje. La pregunta es qué puede hacer Colombia, en realidad, para contrarrestar esa situación. Más aún, si el presidente quiere hablar “de tú a tú” con el líder autoritario chino, ¿será capaz acaso de mencionar las fuertes denuncias de violaciones a derechos humanos en el gigante asiático? ¿La manera en que se asifixió y criminalizó la defensa de la democracia en Hong Kong? O, si esos son asuntos “de autonomía interna”, también hay preocupaciones económicas, pues los préstamos y proyectos de infraestructura chinos en África han sido denunciados como una evolución de la colonización a través de la imposición de deudas lesivas y de afectar los mercados locales con productos ultrabaratos sin protecciones laborales para quienes los hacen.
Colombia no puede caer en la constante trampa de atraer socios comerciales a punta de beneficios que son lesivos para nuestros intereses internos. Y aquí entra de nuevo Estados Unidos. En medio del acercamiento a China, el gobierno de Donald Trump amenazó nuestras flores y nuestro café. Sí, se trata de una ofensiva bravuconada de la administración estadounidense, pero que debe responderse con estrategia y prudencia dada la influencia que esa relación comercial tiene sobre Colombia. Porque la construcción de una economía sólida requiere más que discursos y saber muy bien cómo se van a cumplir las promesas de diversificación.
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