Mientras los múltiples análisis y las reacciones al resultado de la primera vuelta electoral en Brasil siguen siendo publicados, hay una pregunta que nos hacemos cada vez más a menudo: ¿cuál es la utilidad de una postura liberal, como la que se utilizó en la fundación de El Espectador, en un mundo en el que los ejercicios democráticos son cada vez más polarizados? Tal vez observar al gigante vecino nos da un poco de distancia, la suficiente, para ofrecer algunas reflexiones que creemos de utilidad para todos los actores políticos en Colombia, incluyendo a quienes participamos en el debate público.
No vamos a entrar a responder la pregunta de por qué Flávio Bolsonaro, hijo del golpista Jair Bolsonaro, le dio una contundente derrota al desgastado Lula da Silva. Para eso ya hay múltiples análisis de personas con conocimiento de causa, tanto en este periódico como en medios especializados. Sí queremos mencionar, aunque sea someramente, dos características que hemos visto repetirse una y otra vez en las elecciones de las democracias liberales: el cansancio con caudillos que no son capaces de fomentar liderazgos políticos más allá de ellos mismos y la profunda inconformidad de una abrumadora mayoría de la ciudadanía con las respuestas que la “política tradicional” les ofrece a sus problemas reales. No estamos descubriendo que el agua moja, pues ya está sobrediagnosticado que en estos tiempos de incertidumbre global es cuando más brillan los radicalismos.
Es más útil preguntarnos por qué hemos perdido cuando candidatos como Bolsonaro hijo pueden triunfar de manera tan arrolladora. Su padre fue condenado a 27 años de cárcel por liderar un intento de golpe de Estado y desconocer las elecciones que llevaron a Lula da Silva a la Presidencia. Las pruebas saltan a la vista para que cualquiera con buena fe las observe y, cuando menos, dude de la idoneidad de la familia Bolsonaro para seguir siendo un actor político viable en una democracia que dice respetar el imperio de la ley. Y no es todo. Contra Flávio hay una investigación, también con pruebas serias, que lo conectan con una red de corrupción estatal deplorable. Nada de eso importó. En las pasadas elecciones, cuatro Bolsonaros fueron elegidos: Michelle, la esposa de Jair, y Carlos, su segundo hijo, ganaron escaños en el Senado; Jair Renan, cuarto hijo, y Renato, hermano de Jair, serán diputados. Por supuesto, Flávio tiene todas las opciones de ser el próximo presidente de Brasil.
Quienes en Colombia leen este resultado como la sepultura de la izquierda latinoamericana harían bien en tomar una visión más compleja de lo que ocurre. No solo estamos viendo el péndulo ya conocido en la región, que lleva unos buenos años oscilando entre gobiernos de izquierda y de derecha, y que parece que también viene en las elecciones de noviembre por las mayorías de Donald Trump en Estados Unidos, sino que también estamos normalizando la idea de un concurso electoral como la derrota de un enemigo mortal. Incluso si Bolsonaro hijo gana, lo hará con decenas de millones de votos en contra. Eso no es un entierro, es más bien el vaivén democrático.
Empero, cuando vemos las elecciones como una guerra, perdemos el principio liberal básico de respeto al contrario y de entender que todos nuestros países son proyectos comunes entre personas que piensan muy distinto. Si no somos críticos con quienes triunfan a pesar de tener serias investigaciones encima, más que ser responsables defensores de la democracia nos convertimos en cómplices de la degradación del debate público. Un país no se puede dirigir con tanta hostilidad, con el irrespeto a las reglas básicas del juego de la democracia. Quizá para recordarnos eso, aunque no sea popular, nos sigue sirviendo una postura liberal.
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