Conmemorando el Nobel

Un día como hoy, hace 30 años, los colombianos nos levantamos con la que fue probablemente la mejor noticia de ese 1982. No tenía nada que ver con política, con guerra o con narcotráfico.

Nada a lo que estábamos acostumbrados. Nada que cubriéramos los medios con regularidad. Ese día, el arte le ganó la partida a la realidad y llenó los titulares. La literatura enaltecía el nombre de Colombia alrededor del mundo y le mostraba otra cara de ese mismo país que los extranjeros veían bajo una óptica reduccionista. Las letras, su construcción impecable que vehiculaba la existencia de un mundo fantástico, dejaban ver la calidad de uno de los escritores más grandes de los últimos tiempos.

Todos los medios gritamos el anuncio de que Gabriel García Márquez recibiría el Premio Nobel de Literatura, el más importante del mundo. Desde entonces, García Márquez, su “realismo mágico”, sus personajes míticos, su Macondo tatuado en la memoria de los colombianos, han sido conocidos alrededor del globo, como siempre lo ha merecido una obra de tal calidad.

Conmemorar el anuncio del Nobel es, en primera instancia, revisitar una obra vasta, llena de pormenores exquisitos. No sólo son sus novelas, como El amor en los tiempos del cólera, la historia amorosa de tres personajes en la ciudad de Cartagena; o La mala hora, sobre un pueblo que empieza a violar una tensa calma a través de pasquines anónimos que inquietan a todos sus ciudadanos; ni Cien años de soledad, el final del camino de decenas de otros relatos, que presenta la monumental historia de Macondo, el pueblo en el que se intuye gran parte de la historia —mágica y catastrófica— de Colombia. También es mirar a García Márquez el cuentista, que nos entregó historias valiosísimas, siempre con su pluma afilada en los detalles, demostrando esa capacidad ineluctable de lector empedernido que podía recitar toda la poesía del Siglo de Oro español de memoria.

Pero recordar este día es, también, tener presente su vida. El recorrido de García Márquez por este mundo es, sin duda alguna, digno de ser contado. El Nobel colombiano no solamente fue un pegado a las letras, un escritor consagrado en búsqueda de la frase perfecta, sino que vivió muchas cosas: viajes repletos de aventuras, comenzando desde su Aracataca natal y pasando por la Región Caribe, donde creció al lado del mar, inspirándose a diario para desarrollar pronto lo que más le gustaba hacer: contar historias.

Se declaraba a sí mismo escritor, aun con el reproche de algunos miembros de su familia. Era un obstinado. En chanclas, escribiendo a caballo entre El Universal y El Heraldo, viniendo luego a Bogotá para trabajar en El Espectador, siempre su casa, como reportero, dándole al país crónicas exquisitas. Él mismo reconocería finalmente que el periodismo lo ayudó a conformar gran parte de su literatura, que el uno y la otra surgieron como un complemento para el discurrir de sus letras.

Luego en Europa, al lado de plumas tan destacadas para este hemisferio como Julio Cortázar, Carlos Fuentes o Mario Vargas Llosa. Viajando en trenes, por su confeso miedo a los aviones, escuchando las historias de tan exquisitos contertulios, estando a la altura de ellos y conformando lo que la historia conoce como el Boom latinoamericano, “un estado de conciencia de todo el continente”, como diría acertadamente el autor de Rayuela.

García Márquez, poco después, llegó a la más alta cima de las letras en el mundo, a Europa, para allí pronunciar un discurso bellísimo, en el que dejaba a un lado las letras para hablar resueltamente de La soledad de América Latina. Una crítica, una contraposición, un foco de la escena, un lugar en el mundo. Una esperanza, finalmente, en la que el autor nos contaba de su utopía soñada, “donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Enhorabuena, pues, estos 30 años.

 

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