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La evolución de los hechos en Israel y Gaza, desde el brutal ataque terrorista de Hamás, es muy preocupante. El Gobierno de unidad nacional que se conformó en Israel ha hecho uso del legítimo derecho a la defensa frente a los ataques indiscriminados, especialmente contra civiles, de los que fue objeto. Infortunadamente, los bombardeos de retaliación contra la Franja de Gaza han causado ya un alto número de civiles palestinos fallecidos y miles de heridos. El bloqueo y la orden de desplazamiento de más de un millón de habitantes, con el corte de electricidad, agua e ingreso de alimentos, violan las normas del derecho internacional humanitario y, como tal, deben ser denunciados.
Todo indica que las fuerzas armadas israelíes invadirán la Franja de Gaza luego del despliegue de más de 300.000 efectivos en la frontera. Para tal efecto, desde Jerusalén, se ordenó que cerca de la mitad de la población que vive hacinada allí saliera en 24 horas hacia la parte sur, en la frontera con Egipto, generando una situación humanitaria inaceptable desde todo punto de vista. Las normas del derecho internacional humanitario son claras: la vida de los civiles, sin importar su género, su condición racial, religiosa o política, debe ser respetada y privilegiada por encima de cualquier consideración. Así como la condena contra la barbarie iniciada por los terroristas de Hamás debe ser total y sin dobleces, la exigencia de proteger los derechos humanos de los millones de civiles asentados en Gaza debe ser respetada sin excusas de ninguna clase.
En una entrevista para W Radio, Daniel Levy, exnegociador de paz israelí, mencionó la gravedad del “desplazamiento forzado de personas que ya están siendo bombardeadas, que no tienen acceso a agua, electricidad, alimentos y productos básicos”, y dijo que “un crimen no puede responder a un crimen”. Otras personalidades sensatas y alejadas de los fanatismos desde el lado israelí, como el excanciller Shlomo Ben-Ami, el reconocido director de orquesta Daniel Barenboim, el periodista David Grossman, el columnista Thomas Friedman y, como lo fue en vida, el gran escritor Amos Oz, han clamado por la urgente necesidad de un diálogo honesto que lleve a la creación de un Estado palestino sobre la base de las resoluciones de la ONU. Todos ellos han condenado el terrorismo de Hamás, pero al mismo tiempo han señalado a Benjamín Netanyahu como uno de los causantes directos de la actual situación que se está viviendo allí.
Los gazatíes viven desde 2005 una situación muy compleja. Unos primeros comicios en 2006 fueron ganados por Hamás, frente a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), pero no han vuelto a tener elecciones y se impuso a sangre y fuego su autoridad, que no admite disensos y desconoce la existencia de Israel. Su crecimiento fue alentado en un inicio por las autoridades israelíes, como manera de debilitar a la ANP. Netanyahu, creyéndose infalible, construyó un muro envolvente en la frontera con Gaza, que sería impenetrable. Mientras tanto, firmó los Acuerdos de Abraham para normalizar las relaciones entre los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Marruecos. Ahora estaba próximo a hacer lo mismo con Arabia Saudita. Estos acuerdos dejaban por fuera de cualquier solución justa a los palestinos, aceptados por estos países árabes en una alianza destinada a enfrentar a Irán, enemigo común. No es gratuito que Hamás, financiado y apertrechado militarmente por Teherán, haya puesto ahora en jaque dichos acuerdos.
Uno de los libros del fallecido escritor israelí Amos Oz lleva por título Contra el fanatismo. Como lo dijera en estas páginas Santiago Gamboa, “ni Hamás representa a todos los palestinos ni el Gobierno de Netanyahu, a todos los israelíes”. Es urgente frenar el desangre en la región, alejar los fanatismos y que sean las voces sensatas, de lado y lado, las que resuelvan esta situación y se pueda crear un Estado palestino que tenga seguridad, así como lo merece el Estado de Israel.
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