La cuadratura del círculo

La saga del conflicto palestino-israelí abrió un nuevo capítulo tras la solicitud del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, ANP, Mahmud Abbas, al pedir a la ONU el ingreso como miembro pleno de su Estado en el organismo mundial.

Luego de la intervención de Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, las cartas están echadas y el tema pasa al Consejo de Seguridad, donde se tomará una decisión que, de paso, se convierte en tema obligado de la política exterior colombiana.


El conflicto, que ha sido la causa directa o indirecta de cuatro grandes guerras, un sinnúmero de muertos, heridos, masacres, diásporas forzadas, actos terroristas, bombardeos, ocupaciones ilegales, levantamiento de muros y anexión de otros, así como de cuestionados bloqueos, parecería estar llegando a un punto de definición. Sin embargo, hay válidas razones de peso, de lado y lado, así como muy débiles argumentos que las partes prefieren pasar por debajo de la mesa. De esta manera todos los actores parecen estar de acuerdo en el “qué”: aprobar la creación de un Estado palestino con asiento en Naciones Unidas y garantizar a su vez la seguridad de Israel. En lo que no se ponen de acuerdo es en el “cómo”. Y ahí es donde las cosas se enredan.


Al revisar la historia reciente, y como paradoja, cada una de las partes ha hecho lo posible para que sus aspiraciones no se alcancen. Mientras el justo anhelo del pueblo palestino por tener su propio Estado merece el apoyo mundial, cada acto de terror impulsado por los radicales de Hamás, con las consecuentes víctimas entre civiles israelíes, genera como retaliación inmediata bombardeos aéreos, ocupaciones ilegales, asesinato de activistas palestinos y destrucción de viviendas en Cisjordania o Gaza. Estas acciones de fuerza de Israel, tomadas por gobiernos radicales de derecha, engendran del lado palestino cientos de personas dispuestas a inmolarse en una espiral de violencia sin fin. Si se le suma la rechazable política de colonización en territorios ocupados, el Gobierno israelí lleva a cabo acciones destinadas a minar su seguridad e impedir la convivencia pacífica con sus vecinos.


Hoy pasa la papa caliente al Consejo de Seguridad, donde ya está cantado que en caso de votación favorable, Estados Unidos aplicará su derecho de veto para bloquear la petición de Abbas. Difícil situación para Barack Obama, quien no quiere enviar un mensaje equivocado a los países árabes en medio de su Primavera, pero tampoco puede arriesgarse, en época de elecciones, a perder el importante apoyo y voto judío.


Aquí es donde aparece Colombia, pues como miembro no permanente del Consejo ya anunció, por intermedio del presidente Santos y la canciller Holguín, que el caso debe resolverse mediante la negociación directa y que el voto sería por la abstención. Teniendo en cuenta las actuales circunstancias, y siendo coherentes con lo que en 1947 hizo el país al abstenerse en la división de Palestina por las graves consecuencias inmediatas que tendría el hecho, la decisión del Gobierno parece ser la más indicada. Lo anterior no implica extender un cheque en blanco para que Israel continúe dilatando de manera infinita la solución al problema en momentos en que se evidencia un aislamiento internacional hacia sus acciones radicales. Tampoco significa desconocer la urgente necesidad de que Palestina tenga el lugar que le corresponde entre las naciones.


Es el momento, pues, de fijar unos plazos perentorios por parte de la comunidad internacional para que, bajo el acompañamiento del llamado Cuarteto (EE.UU., la UE, Rusia y la ONU), las dos partes lleguen a un acuerdo satisfactorio que tiene que pasar por las fronteras reconocidas antes de 1967 y la división de Jerusalén. No hay otra alternativa. Es de esperar que en esta ocasión de coyuntura especial, que podría conducir a un arreglo definitivo, no termine sucediendo lo mencionado por la lógica gatopardiana: que todo cambie, para seguir igual.