Cuando la violencia se reinventa

Los países tienen en deuda proponer soluciones, tan contundentes como los ataques aéreos, pero enfocadas a cerrar las brechas sociales que sirven de caldo de cultivo de los extremismos.

El terror no puede llevarnos a perder la cordura para trabajar por un mundo más pacífico. / EFE

En Colombia conocemos muy bien la amarga sensación que surge cuando lo atroz empieza a volverse común y las palabras se repiten hasta el cansancio; cuando la frustración ante lo que se muestra como inevitable, sumada a problemas estructurales de complejidades también insuperables, invitan a la desazón. Algo similar está ocurriendo, a nivel global, con el terrorismo.

Nos vemos, una vez más, ante la indeseable tarea de escribir líneas sobre un atentado que ha cobrado vidas inocentes. Otro. Esta vez fue en el aeropuerto internacional de Estambul, Turquía, donde hubo un triple ataque suicida que asesinó a 41 personas, dejó a otras 239 heridas y aumentó la sensación de impotencia que produce una guerra donde es muy complicado identificar a los “enemigos”.

El primer ministro turco, Binali Yildirim, señaló que “los primeros indicios apuntan al Estado Islámico (EI)”. También se está volviendo costumbre ver los rastros del EI en el sufrimiento insensato alrededor del mundo. Con este, ya serían tres atentados atribuidos al Dáesh en lugares de turismo, sector que aporta el 12 % del PIB turco. En enero fue en la Mezquita Azul, que dejó 12 muertos, y en marzo hubo otro en la céntrica calle Istiklal, con cuatro víctimas mortales.

Además, este ataque se une a un conflicto entre el gobierno turco y la guerrilla separatista kurda del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, la cual también usa los atentados como arma de guerra. Desde el año pasado la inestabilidad ha dejado cerca de 200 muertos, cientos de heridos y un clima de inseguridad permanente en ese país.

Pero, por más que el terror abrume, Colombia también nos ha enseñado que callar no es una opción. Ante la violencia irracional, la respuesta debe ser contundente y, cómo no, reflexiva. Como lo hemos dicho en varias ocasiones en este espacio, cada nuevo atentado es un llamado a preguntarnos cuáles son las raíces que nos trajeron a este lugar y, además, qué hemos hecho nosotros para ayudar a crear ambientes de tal hostilidad.

El Estado Islámico se nutre del descontento y el odio, de la frustración de sistemas económicos y geopolíticos que fomentan la desigualdad y olvidan a fragmentos de la población. Cuando todo anda mal, el facilismo lleva a buscar culpables inmediatos. El “otro”, definido por líneas ideológicas, religiosas, de género, raza u orientación sexual —y todas las muchas otras excusas que inventamos para detestarnos entre humanos—, surge como el monstruo que obstaculiza el bienestar. Por eso, dicen, hay que acabarlo.

Pero más allá de señalar la lógica errada detrás de esa manera de entender la realidad, los países tienen en deuda proponer soluciones, tan contundentes como los ataques aéreos, pero enfocadas a cerrar las brechas sociales que sirven de caldo de cultivo de los extremismos. De nada sirven los nacionalismos, también facilistas, como los que llevaron al Reino Unido a echar por la borda uno de los proyectos de unificación y pacificación más ambiciosos de la humanidad.

Es muy difícil. Además porque la historia nos ha probado que la violencia se reinventa, nunca desaparece. Pero ante lo ilógico, el resto del mundo debe, en resistencia, seguirle apostando al sueño de que podemos convivir sin matarnos entre nosotros.

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