¿Cuatro meses para qué?

La semana abrió con una noticia nueva: el presidente Juan Manuel Santos salió el domingo pasado a hablar de “la luz al final del túnel” que ve en el proceso de paz que negocia en Cuba con la guerrilla de las Farc.

Sin duda, después de que las Farc volaran oleoductos y redujeran de una sola pisada el debate de lo que se negocia, era necesario un pronunciamiento profundo y sereno. Un parte de tranquilidad al menos simbólico. Eso es, se nos antoja, lo que salió a decir el presidente.
 

Dijo cosas viejas: recordó los tiempos que lleva la negociación en una mesa de diálogos, sus lineamientos principales (como eso de negociar en medio de la guerra) y lo que se ha logrado de los cinco puntos que conocimos desde el principio. Dijo cosas que no sorprenden mucho: su escepticismo inicial, la frustración y el desaliento ante los últimos ataques de la guerrilla, y aseguró que a la paz no teníamos que tenerle miedo (pero a la guerra sí). En medio de todos estos refuerzos harto evidentes y repetitivos de lo que el proceso de paz significa, añadió una cifra que no se había atrevido a aventurar nunca: cuatro meses.

De ella, empero, no pueden derivarse malentendidos. Esto no quiere decir que lo restante del proceso (a nuestros ojos, su parte más intrincada) durará apenas 120 días. Por el contrario, es, sobre todo, un anuncio a futuro, el prolongamiento de la toma de una decisión. Léase mejor: “Y en cuatro meses a partir de ahora, dependiendo de si las Farc cumplen, tomaré la decisión de si seguimos con el proceso o no”. ¿Que cumplan qué? Más bien una serie de requisitos abstractos (“frenar las muertes, la destrucción y el dolor”) que redundan en un objetivo claro: la suspensión unilateral de todo tipo de ofensivas. Ya con eso en la bolsa de noticias, el Estado iría bajando la intensidad de la guerra, que no constituye un cese bilateral del fuego, como tuvo a bien advertir el presidente: eso por ahora sigue siendo una eventualidad. Sin embargo, muy contrario a lo que pregonan los enemigos de la paz a diestra y siniestra, que ambas fuerzas dejen de dispararse es sin duda la aspiración final, lo que debe suceder.

Cuatro meses, entonces. Pero ¿para qué? Así como el presidente Santos dijo que metería el acelerador, también hay que barnizar el proceso con la legitimidad que por hoy le sigue haciendo mucha falta. Es muy importante que todo este esfuerzo de verificación pegado al cese unilateral, y todo lo que allá se discute, tan lejos de acá, aterrice por fin en la ciudadanía que sigue mirando de manera distante este proceso. Llegó la hora de que se den cuenta de algo que resulta tan obvio. Lo demás no son más que anuncios y esperanzas que no le dicen mucho al ciudadano.

El primer paso, por supuesto, es salir a aclarar las dudas a quienes ya empezaron a hacer cuentas: de aquí a cuatro meses son las elecciones regionales. ¿Pura coincidencia? ¿Estrategia política para blindar con algún mecanismo democrático el acuerdo de La Habana? ¿Para poner la elecciones de nuevo en clave de plebiscito para la paz?

Sabemos del anuncio presidencial, más las explicaciones que ayer dieron el jefe negociador y el comisionado de Paz. Pero, para la salud del proceso de paz, los ciudadanos deben entender en qué consistirá, con pelos y señales, lo que va a suceder en estos cuatro meses y, sobre todo, después.


 

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