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Las lecturas sobre la derrota histórica de la izquierda en las elecciones presidenciales de Bolivia muestran que Suramérica es una región en busca de una narrativa coherente y todavía no la ha encontrado. Están quienes sugieren que el viro a la derecha se puede leer en la misma clave a lo ocurrido en Ecuador, con Daniel Noboa, y Argentina, con Javier Milei. Otros sugieren que, más bien, el énfasis debería ubicarse en las lecciones que surgen cuando un movimiento político sucumbe a la deriva autoritaria, sin importar su ideología. Lo interesante es que sabemos que las fuerzas de la región están prestando atención y en Colombia, por ejemplo, mucho de la campaña del año entrante, especialmente en la centro izquierda y la izquierda, dependerá de cuáles son las conclusiones a las que llegan.
La historia reciente y no tan reciente boliviana es compleja y no podemos resumirla de manera apropiada en este espacio. Para comprender lo importante, basta con mencionar que hace 23 años el Movimiento al Socialismo (MAS) llegó al poder, representado en Evo Morales, y transformó la política del país y la región. Su apuesta por los derechos de los indígenas, por la nacionalización de las empresas más importantes y por construir un socialismo moderno hizo llave en su momento con las ideas de Hugo Chávez. Dos décadas después, Evo Morales intentó reelegirse en el poder más de lo que se lo permitía la ley, luego hubo un golpe de Estado orquestado por la ultraderecha del país, luego hubo elecciones que ganó la izquierda, luego esa izquierda se fracturó en una pelea rancia entre Morales y el actual presidente, Luis Arce, luego hubo otro intento de golpe de Estado en situaciones extrañas, y los últimos meses han estado marcados por una crisis económica compleja y peleas entre los líderes de todas las ideologías. La campaña presidencial que acaba de tener su primera vuelta estuvo marcada por la desinformación y las estrategias agresivas entre candidatos. Por donde se le mire, un desastre.
A pesar de lo anterior, los bolivianos salieron a votar y fueron elocuentes con sus elecciones. La izquierda, indiscutida en las últimas dos décadas, fue aplastada. Morales promovió el voto nulo, que obtuvo el 19 % de los votos, con lo que ni siquiera llegó al tercer lugar. El candidato de la izquierda, Andrónico Rodríguez, sólo tuvo el 8 % de los votos. Las dos opciones de la derecha que pasaron a segunda vuelta fueron Rodrigo Paz, del Partido Demócrata Cristiano, con 32 % de los votos, y el expresidente conservador Jorge Tuto Quiroga, que obtuvo el 27 %. Tan pronto se supo el resultado, hay quienes dijeron que se trata del fin de la izquierda. No es tan así.
Si se suman los votos de todas las candidaturas de izquierda, el resultado muestra que hubiera podido ser competitiva en una segunda vuelta. Un relato más realista es reconocer que las personas se cansan de la corrupción, de las peleas internas, del personalismo y caudillismo que intentó imponer Morales. Cuando los representantes de unas ideas se creen los únicos capaces de aterrizarlas, la gente deja de ver una propuesta de cambio y más bien lee el autoritarismo que se torna evidente.
Tampoco es cierto, como dijo el presidente Gustavo Petro, que los resultados muestran una sumisión moderna. “Solo la división del movimiento indígena y popular permite que los hidalgos, dueños de indígenas vuelvan al poder”, escribió en su cuenta de X, asegurando que Colombia tendrá problemas con cualquiera que sea el nuevo gobierno boliviano. Creer que cualquier voto por la derecha implica una claudicación a los principios democráticos es cerrar la puerta a tener conversaciones más productivas entre diferentes. Tal vez la mayoría de los bolivianos se cansó de una manera de hacer política y está buscando respuestas que también sacudan a la clase política que había sido dominante en las últimas dos décadas. Caer en la trampa de la arrogancia maniquea es perder la visión de los movimientos del electorado.
No se puede caer en lecturas facilistas de lo ocurrido en Bolivia. Para todos los candidatos que están buscando identificar los vientos de la región, lo mejor es una aproximación integral. Y, ante todo, reconocer que en democracia se suele castigar a quienes desaprovechan la opción de gobernar para todos y no sólo para un sector particular.
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