Cuba confió en la palabra del Estado colombiano e hizo todo dentro de su poder para facilitar un proceso de paz, por demás necesario, pero la administración de Iván Duque responde celebrando que ahora Estados Unidos haya incluido a la isla en la lista de países que apoyan el terrorismo. El Gobierno sigue con sus maromas retóricas para desprestigiar a la diplomacia cubana que, más allá de las críticas razonables que se pueden —y deben— tener contra su dictadura, fue transparente y esencial para obtener el Acuerdo Final con las Farc. El mensaje que se le envía a la comunidad internacional que ha apoyado los esfuerzos de paz en Colombia es preocupante y no bastará con el apoyo de la errática administración de Donald Trump.
El gobierno Duque sigue diciendo que Cuba ataca al país al no extraditar a los negociadores del Eln. Sin embargo, lo único que está haciendo la isla es cumplir su compromiso como país garante: se había pactado con el Estado colombiano un protocolo en caso de que los diálogos no llegaran a buen puerto. Cuando el Gobierno decidió (con justas razones, vale decir) levantarse de la mesa, lo que le correspondía era hacer honor a su palabra y permitir que Cuba regresara a los negociadores. Pero, en cambio, la administración Duque exigió la captura y extradición. También insiste en que los pactos del gobierno anterior no son vinculantes para el nuevo, una tesis extraña cuando los mandatarios representan a Colombia entera, no a ciertos apellidos individuales.
Atacar a Cuba le rinde frutos políticos a un gobierno que ha querido ubicarse como la antípoda del socialismo, pero como estrategia de política exterior es nefasta. Más que eso, se trata de una situación injusta. Como dijo la organización Defendamos la Paz: “El respeto del protocolo de ruptura constituye una obligación del Estado y de ninguna manera la insistencia de Cuba en su acatamiento se puede asimilar a complicidad con terrorismo”. ¿Por qué tanta resistencia en la Casa de Nariño a reconocer esa distinción esencial?
No es de extrañar que Estados Unidos incluya a Cuba en la lista de países cómplices del terrorismo. La administración Trump, en desesperada campaña reeleccionista, está buscando enemigos por doquier para distraer de la crisis sanitaria provocada por el coronavirus y la gestión torpe de la Casa Blanca. Mientras la administración de Barack Obama logró avances históricos en el restablecimiento de relaciones con la isla, el presidente Trump echó todo para atrás y ha buscado apelar al electorado cubano radicado en Florida. La indignación de Colombia con Cuba por el Eln es solo una gran excusa para el ajedrez político de los estadounidenses.
Lo que sí no deja de ser decepcionante es que los esfuerzos de paz sigan siendo obstaculizados desde el Palacio de Nariño. Hace poco celebrábamos acercamientos al Eln, pero esta nueva situación —y en particular la eufórica celebración del alto comisionado para la Paz— invita a pensar que no existe interés real en reanudar los diálogos.
Colombia, como Estado, le incumplió sus promesas a Cuba, cuando las reglas estaban claras. Y, en el camino, vamos cerrando la posibilidad de llegar a un acuerdo con el Eln, en el marco de la legalidad.
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