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Daniel Noboa, presidente de Ecuador, está desesperado. Llegó a la presidencia de su país prometiendo mano dura y se chocó con la triste realidad de que el populismo a lo Nayib Bukele no funciona en territorios tan grandes y con tanto dinero criminal como Ecuador. Después de una humillante derrota en el referendo que propuso y de necesarias trabas de la Corte de Justicia a sus intentos de saltarse las normas de la democracia, el mandatario del país vecino decidió tomar prestada una página del manual de política de Donald Trump y consiguió un enemigo para culparlo de todo: Colombia. El resultado es que ambos países sufren.
El anuncio fue sorpresivo. En su cuenta de X, escribió que “nuestros militares siguen enfrentando a grupos criminales atados al narcotráfico en la frontera (de 600 km. con Colombia) sin cooperación alguna” y, por ende, “ante la falta de reciprocidad y acciones firmes, el Ecuador aplicará una tasa de seguridad del 30 % a las importaciones provenientes de Colombia desde el primero de febrero”. Es decir, aranceles en retaliación. En el proceso, no solo viola acuerdos comerciales internacionales y rompe la integración entre dos naciones vecinas que se necesitan la una a la otra, sino que busca asemejarse al presidente estadounidense Donald Trump. El objetivo de Noboa es mostrar fuerza en Ecuador, pero quizás le convendría ver cómo las encuestas recientes en Estados Unidos muestran que la abrumadora mayoría de los ciudadanos de ese país sienten que las medidas de Trump no les han traído beneficios.
Es comprensible la frustración de Noboa. Después de llegar con alta popularidad y promesas a la presidencia, hoy su respaldo va en picada, con algunas mediciones ubicándolo por debajo del 40 %. Más importante aún, la violencia en el país vecino está desbordada. Según el medio ecuatoriano Primicias, la tasa de muertes se ubicó en 50,91 por cada 100.000 habitantes, con más de 9.000 homicidios intencionales en el 2025. La fuerza de los distintos grupos criminales, financiados por el narcotráfico, incluso llevó al asesinato de candidatos políticos. El miedo que siente la sociedad ecuatoriana lo conocemos muy bien los colombianos. Por eso también sabemos que prometer una política de seguridad sin mucho más, como lo hace Noboa, está lejos de ser una respuesta eficiente.
Los aranceles son un disparo en el pie para ambos países. Colombia es el principal socio de Ecuador en la Comunidad Andina: en 2024, los ecuatorianos nos vendieron productos por unos USD 850 millones y los colombianos exportamos un total de USD 2.112 millones. Además, entre el 8 % y el 10 % de la energía eléctrica que se consume en Ecuador es importada de Colombia. El gobierno de Gustavo Petro ya anunció que suspenderá ese suministro si sigue la hostilidad. Ambos gobiernos podrían, claro, hacerse daño económico entre ellos, pero los únicos que ganan en una guerra de ese tipo, paradójicamente, son los grupos criminales. ¿Para qué vamos a encarecer los productos ecuatorianos y afectar las exportaciones colombianas? Más allá de los shows políticos, la clave es la diplomacia. En su respuesta, la Casa de Nariño ha dicho que la puerta está abierta para el diálogo y para mejorar la cooperación. Si Noboa tiene los intereses de Ecuador y de la región como prioridad, debería responder al llamado. Nos tememos, sin embargo, que está más preocupado por contar votos en el futuro.
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