Del juicio a la carrera que pulverizó una buena noticia

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Una buena noticia se convirtió en motivo de angustia gracias a las lógicas de las redes sociales y a la poca educación que hay en el país sobre salud mental. Cuando el Eln liberó a dos soldados secuestrados, a uno de ellos lo entrevistaron. Allí, visiblemente afectado, con la voz entrecortada y sus captores armados detrás, el uniformado Yonny Andrés Ospino Castillo dio una respuesta que le ha merecido el injustificado repudio por parte de sus compañeros, sus superiores y muchos colombianos. Los juicios en su contra muestran una falta de empatía peligrosa y tienen a su familia suplicando que se preste atención a su bienestar psicológico. Nos preocupa que los debates públicos colombianos se dejen llevar por la irreflexión y, ante todo, por la ausencia de comprensión de los otros.

Recién liberado, a Ospino le pusieron muchos micrófonos al frente. Ante una pregunta, visiblemente cansado y afectado, dio la siguiente respuesta sobre sus secuestradores: “La verdad, desde el inicio me dieron buen trato. Yo me sentía amañado con ellos. La verdad, no tengo nada malo para decir de ellos. Estoy feliz de estar libre, pero a la vez triste porque ya me estaba encariñando con ellos”.

La noticia era la liberación, el retorno a la normalidad, pero debido a esta declaración las redes sociales estallaron. Una simple búsqueda encontró cientos y cientos de mensajes que lo tildaban de traidor, de infiltrado e incluso lo diagnosticaban como aquejado de síndrome de Estocolmo. Según su familia, además, Ospino ha recibido presión y descalificación por parte de otros soldados e incluso superiores jerárquicos. Unos segundos de testimonio espontáneo en condiciones extremas se han convertido en un estigma del cual el uniformado no podrá sacudirse con facilidad.

Hay varios problemas con lo que ocurre. Primero, demuestra la falta de humanidad que fomentan los algoritmos y las lógicas propias de las redes sociales. En vez de promover una conversación razonable sobre el horror del secuestro, sus secuelas psicológicas y la deshumanización de la guerra, que solo nos deja pensar en términos maniqueos de buenos y malos, temas transversales a lo dicho por Ospino, la conclusión inmediata es que se trata de un “traidor”. Esto es una ofensa ante un joven de apenas 19 años que se comprometió a dar su vida para proteger a los colombianos y fue secuestrado en el proceso. Al mismo tiempo envía un mensaje equivocado a todos los soldados. ¿Por qué unos cuántos segundos son suficientes para emitir terribles juicios de valor contra una persona? ¿Es ineludible esa nueva normalidad de internet?

Segundo, hay una aproximación ligera y burlona a la salud mental. No son solo los internautas que lo intentaban diagnosticar a partir de una sola declaración. También, al parecer, es el Ejército. La familia de Ospino contó que sufre de depresión y tiene un historial de posibles trastornos mentales que fueron ignorados y ocasionalmente ridiculizados dentro de la fuerza pública. En ese contexto, es aún más problemático que la presión contra el soldado venga de sus compañeros y peor después de haber sufrido una experiencia tan traumática.

Nos preocupa la falta de madurez de la sociedad colombiana. Ante una declaración que nos invita a reflexionar, respondemos con rabia y con el deseo de venganza contra un héroe de la patria. ¿De qué sirve tanta hostilidad? ¿Por qué corremos a perder la dignidad humana en medio del fuego de la indignación?

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