Deponer las armas

Incluso si, por medio de la prometida y por tanto ineludible refrendación, una mayoría de personas decide que no quiere lo pactado en La Habana, eso no puede ser excusa para ignorar que algo esencial ha cambiado en Colombia. Un país acostumbrado a matarse por mil y una razones aprendió que, cuando hay voluntad sincera, los opuestos se pueden encontrar.

Los acuerdos de La Habana deberían ser una excusa para reinventarnos el país. / AFP

Decir que la paz es tarea de todos no es una frase vacía o un eslogan publicitario; es reconocer que aunque el acuerdo entre el Gobierno y las Farc es un paso, uno gigantesco, no es el punto de llegada sino el de partida, como lo ha dicho el presidente Juan Manuel Santos. Es el fin de un conflicto de medio siglo. Y es, por supuesto, una oportunidad sin precedentes para darle un viraje a la convulsionada realidad nacional y escribir un nuevo presente. Pero hay que decirlo: no es el fin de la violencia.

En Colombia ha hecho carrera la creencia de que la mayor parte de las muertes se producen a causa del conflicto armado. Pero no es cierto. De acuerdo con Medicina Legal, en 2014 hubo 1.809 asesinatos relacionados con violencia interpersonal (ajustes de cuentas y riñas) y apenas 546 vinculados con el conflicto. De la misma forma, hubo 322 personas muertas durante atracos y otras 311 muertas por cuenta de la violencia intrafamiliar. En otros 8.807 casos no hubo causa establecida. Cifras que, por decir lo menos, denuncian que estamos lejos de ser un país en paz y, sobre todo, de ser una sociedad que sabe cómo solucionar sus problemas por las buenas.

Los acuerdos de La Habana son, en contraste, la oportunidad perfecta para empezar de nuevo. O, mejor, para reinventarnos, siendo conscientes de nuestros defectos y del peso de nuestra historia violenta, pero con el objetivo claro de que podemos cambiar la forma de relacionarnos.

Dos enemigos acérrimos (Gobierno y Farc) supieron sentarse, a pesar de la desconfianza y los tropiezos, y llegaron a un acuerdo, imperfecto, sin duda, pero que introduce una idea revolucionaria para la historia del país: las diferencias se resuelven hablando, no disparando. Noble y sencillo ideal que hace falta en el diario vivir de los colombianos.

Incluso si, por medio de la prometida y por tanto ineludible refrendación, una mayoría de personas decide que no quiere lo pactado en La Habana, eso no puede ser excusa para ignorar que algo esencial ha cambiado en Colombia. Un país acostumbrado a matarse por mil y una razones aprendió que, cuando hay voluntad sincera, los opuestos se pueden encontrar. La paz es más que una firma y se vale soñar: qué tal que el país entero decidiera abandonar la violencia y empezar, ahora sí, a solucionar los problemas profundos que tenemos, pero juntos, bajo las reglas del respeto, de la democracia. En este proceso han salido a la luz iniciativas ciudadanas por todo el país que buscan una reconciliación profunda, están ahí y no pueden echarse por la borda. La paz requiere el concurso de todos.

Hay una primera prueba: recibir de la mejor manera a los guerrilleros que se desmovilicen en virtud de este acuerdo. Pero luego hay una tarea mayor: hacer las paces en las calles y en las casas. Ponerle fin a esta intolerancia asesina. Y es ahí donde se verá cuán preparada está la sociedad colombiana para la paz. De labios para afuera se puede decir cualquier cosa, la palabra lo resiste todo. Pero es con los actos que se va a demostrar si la paz es en realidad posible. Ya les dimos demasiado tiempo a la mezquindad, al abandono, a los ajustes de cuentas. El no más depende de todos.

Ya lo decía Guillermo Cano hace décadas en estas páginas: “Queremos que se ensaye la paz. Si fracasa en el ensayo, nada se ha perdido, porque si a la generosidad y a la mano tendida se responde con la soberbia y la agresión, sencillamente volveríamos a donde estamos y estábamos”. Ojalá estemos a la altura del reto histórico de jamás volver a donde estábamos.

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