Muchos siguen confundiendo la depresión y el trastorno bipolar con debilidad, incluso, con inmadurez. Esto hace que quienes padecen este mal sean revictimizados y prefieran esconder su padecimiento, que exteriorizarlo y pedir ayuda. Es un círculo vicioso.
En 2012, la ONU hizo un fuerte llamado “a ponerle fin a la estigmatización de la depresión y de otros trastornos mentales, con el fin de facilitar el acceso a tratamientos a todas las personas que lo necesiten”. Y el secretario general de esa entidad, Ban Ki-moon, llamó “a todos los ciudadanos a hablar más abiertamente de ese padecimiento”.
Este es un llamado de atención a tener en cuenta en Colombia. En 2003, el Ministerio de Salud encuestó a 4.544 personas de entre 18 y 65 años de edad y provenientes de 60 municipios de 25 departamentos y encontró que el 15% de los encuestados sufría o había sufrido de trastornos del ánimo (trastorno depresivo, bipolar o distímico). Estos resultados fueron dados a conocer por la Encuesta Nacional de ese año. Se espera que el Gobierno dé a conocer pronto la encuesta de salud mental de 2013. No obstante, las cifras ya mencionadas son alarmantes. A lo que se suma que —de acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud de 2007— apenas el 0,8% de los usuarios acude al doctor por cuenta de alguna enfermedad o problema mental, por lo que es probable que muchos de los casos nunca se conozcan hasta que ocurra una fatalidad: 1.800 suicidios se producen al año en Colombia.
La OMS ha dicho reiteradamente que esta enfermedad tiene buen pronóstico si se trata a tiempo y de manera apropiada. No obstante, como sociedad, seguimos sin tomarnos en serio estos padecimientos. Lo que se ve agravado por una serie de estereotipos perniciosos como aquel de que los hombres no lloran o que la depresión se debe a las “ganas de joder de una persona” o de llamar la atención. En vez de apoyarlos, la sociedad colombiana acostumbra estigmatizar y rechazar a los afectados por este tipo de padecimientos. Solo cuando ya es adelantada su condición, los respetan. Antes viene todo. Los señalan de débiles o de locos, palabra que, valga decir, ya no hace parte del lenguaje médico y debería ser erradicada o reformulada. Hace falta una mayor tolerancia para con estos males que, como lo señala la Organización Panamericana de la Salud, no afectan exclusivamente al paciente, sino a su entorno familiar y comunitario y generan mucho “sufrimiento y en términos económicos implican importantes costos para las familias y para los estados”.
Las medidas para contrarrestar este flagelo no deben ser única y exclusivamente farmacológicas. La depresión y los demás trastornos del ánimo se han convertido en un problema de salud pública que requiere de esfuerzos por parte del Estado y además de la sociedad. Una sociedad que comprenda que la depresión no es solo “estar triste”, sino que implica una enfermedad que debe ser tratada, de nuevo, no solo farmacológicamente hablando, sino de forma social: con las familias, con las personas que rodean al paciente y con la promoción de terapias ocupacionales.
En vez de promover una serie de estereotipos que no han hecho sino reducir a la depresión a una caricatura, la sociedad debe propender porque este mal sea reconocido, enfrentado y controlado. Mientras ello no ocurra, no podremos sino sentirnos deprimidos ante el olvido estatal y social de esta problemática que, lastimosamente, requiere de casos como el de Robin Williams para que sea discutida públicamente.