Dinamizar las posiciones

Lo que ha sucedido en el Cauca: los indígenas sacando de sus territorios al Ejército, a empujones, ha generado opiniones fuertes.

Pero lastimosamente no muy variadas, sino al estilo colombiano: opiniones polarizadas, repletas de odio. Dos se destacan en este debate: por un lado, los defensores del Ejército, quienes ven en las lágrimas del sargento Rodrigo García toda la indignidad a que los indígenas (tildados de guerrilleros) han sometido a los representantes lógicos del Estado, a los héroes de la patria; y por el otro, quienes ven en el accionar de los indígenas una respuesta lógica, justificada, y pintan a la Fuerza Pública como villanos del asunto, merecedores del castigo y de la expulsión. Héroes y villanos, cada uno para cada quien. No hay punto medio. No hay lugar a los matices.

Si queremos llegar a poner punto final a la guerra del Cauca (y la del país, de paso, ya que allí es donde se cristaliza) hay que saber apreciar los puntos grises. Que los hay, sin duda. No se trata de que el Ejército no pueda (ni deba) estar donde la guerrilla echa bala contra la población civil, abandonando al poder indígena los territorios y su propio Estado, ni tampoco que lo hecho por la Guardia Indígena sea inentendible, en un lugar donde el Estado no ha tenido la más mínima presencia: revisemos índices de pobreza y de desigualdad, sólo por mencionar algunos.

Caer en estas radicales posiciones es tener un desconocimiento histórico indudable. ¿Cómo no se va a infiltrar la guerrilla —aisladamente, además— en un lugar donde la presencia estatal y el fortalecimiento institucional han sido mínimos? ¿Qué no entienden aquellos que tildan a los indígenas de guerrilleros? Pero en este mismo error caen los del otro bando: ¿no ven en el Ejército desplazado un símbolo, digámoslo, de grandeza? Respetaron la fuerza del resguardo, la protección que internacionalmente se le concede. Dirán que ese es su deber, y es cierto, pero de enfrentarlos con sus armas a dejarse mangonear por ellos, sin resistirse mucho, hay un avance indudable en un país en guerra como éste. Antes que humillado, el Ejército resultó engrandecido con las fuertes imágenes que se vieron.

El presidente de la República, Juan Manuel Santos, ha hecho hincapié en que debe hacerse una mesa de diálogo con las comunidades indígenas. Ya se ha hecho un acuerdo entre Estado y comunidad, con el apoyo de Naciones Unidas y la Defensoría del Pueblo, para hacer rodar los acuerdos desde mañana mismo. Un paso para llevar la legitimidad estatal a donde no ha estado nunca. Un paso que ojalá sirva para entender en su real dimensión las exigencias de los indígenas.

La solución no es que el Ejército invada ese territorio y se resista con la fuerza de las armas a la expulsión indígena. No hacerlo no es símbolo de debilidad, sino más bien muestra del entendimiento sobre la fragilidad particular del Cauca. La solución no es, tampoco, que el Ejército se retire. La respuesta adecuada es, sin más, encontrar la forma en que el Estado pueda hacer un acompañamiento, respetando el fuero y las decisiones indígenas (que se deberán compartir de forma clara desde mañana) y trabajando en conjunto para tejer, por primera vez, la aplicación concreta del derecho internacional humanitario entre las partes en conflicto.

Este momento es fundamental y los actores no deben levantarse de la mesa hasta tanto hallen un punto medio provechoso: esto es, una gradación de las posiciones extremas, un encuentro armonioso por el interés general. Lo repetimos: ésta puede ser la primera vez en muchos años en que un deslegitimado Estado pueda reingresar a estos territorios con una perspectiva menos ciega que permita entender lo que ha pasado con sus pobladores ancestrales tras estos 60 años de guerra indiscriminada y olvido.

 

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