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Incluso, algunas formas en las que la discriminación racial se materializa son cada vez más sutiles, permitiendo de esta forma que se sobrepasen los controles legales o el recaudo de pruebas que puedan evidenciar esta conducta. Colombia lo ha vivido. No es sino revisar, por ejemplo, las acciones de tutela que han interpuesto algunos grupos de afrodescendientes en contra de discotecas, y ver las consideraciones de derecho que las acompañan: que se flexibilicen un poco los requisitos para apreciar pruebas que, en otro caso, serían consideradas como ilegítimas (por ejemplo, las grabaciones sin consentimiento).
Se ha avanzado, es cierto. Pero poco. Ese mandato al que Colombia ha adherido, de “eliminar todas las formas de discriminación”, encarnado de forma tajante en el artículo 13 de la Constitución (la igualdad, que implica la ‘no discriminación’), está lejos de suceder. Por los niveles de alfabetización, por las viviendas, por la fuerza laboral, por el número de víctimas de la violencia que de esta población se desprende. Ahí están las cifras. Y todavía queda mucha tela por cortar, muchos criterios que no son tenidos en cuenta, pero que la academia sí cita: ¿cuántos jueces afrocolombianos hay en un país que se hace llamar multicultural, por ejemplo?
Otro rasgo característico de esta sociedad es la negación del racismo. Una conducta que, cómo no, incrementa los niveles del mismo y la inconsciencia alrededor de la práctica. Evidente (poco sutil, como algunos académicos, con razón, tienden a sostener) fue la conducta de los hinchas del Deportivo Pasto el domingo pasado en un duelo contra La Equidad: “negros, micos”, les gritaban desde la tribuna a dos jugadores afrodescendientes de ese equipo: Dahwling Leudo y Carmelo Valencia.
El árbitro central, Juan Carlos Gamarra, dejó constancia de que en el minuto 83 se presentaron muestras de racismo contra estos dos jugadores. Y, por primera vez en la historia, se ha sentado un precedente en el fútbol colombiano (el deporte es un foco de discriminación, histórica, pero puede convertirse en buen ejemplo con facilidad). Se ha impuesto una multa de 11 millones de pesos. Pero no sólo eso; también se ha puesto un símbolo con esa sanción merecida. Los hinchas que gritaron, tal vez sin la intención consciente de discriminar, pueden sentirse agobiados. Pero está más que bien que se les sancione.
¿Que en otros estadios ha pasado? Seguramente, pero en algún momento había que comenzar. Toda plaza donde se discrimine a alguien por su color de piel debe ser sancionada, luego de este hito. No es un juego. No se trata de frases inocuas. Las autoridades, como ha dicho el presidente de la Asociación de Futbolistas Profesionales, Carlos González Puche, deben actuar con el fin de eliminar esa antipática práctica. No sólo con sanciones, sino entendiendo el fenómeno mismo, realizando estudios que atiendan a las raíces sociológicas del problema, dándose cuenta de en dónde están las conductas y mirando cómo con medidas (no siempre sancionatorias sino de acción, como la discriminación positiva) se puede eliminar poco a poco la discriminación en un país con tanta diversidad cultural, no siempre bien apreciada. Copiar un poco las soluciones del fútbol europeo, donde no tiembla la mano de quienes sancionan. Esconderlo o negarlo nunca ha sido la salida. Va un aplauso para el juez de este juego, que prefirió hablar, en contra de cualquier reparo.