Don Julio Mario Santo Domingo P. (1923-2011)

Don Julio Mario Santo Domingo no fue un industrial típico. Cierto es que su legado es inconmensurable en cuanto a la creación y fortalecimiento de empresas prósperas.

También, por esa visión de largo plazo y trabajo disciplinado que le permitió saber cuándo tomar decisiones, por arriesgadas que fueran. Bien puede afirmarse sin temor que Julio Mario Santo Domingo ha sido el más importante industrial en la historia de Colombia. Pero no sólo eso. También fue el más culto, un empresario sofisticado, conocedor como pocos del mundo del arte y la literatura, promotor y amigo de artistas, un intelectual en todo el sentido de la palabra.

Y ese aspecto menos conocido de su vida lo convirtió en un industrial diferente, pues a la par de esa construcción paciente y cuidadosa de un emporio empresarial de dimensión global corrió su sensibilidad particular hacia su país —el hecho de haber nacido en Panamá nunca le generó la menor duda de su condición de colombiano y, más, de barranquillero—. Y así como retomó las aventuras empresariales de su padre para llevarlas a la mayoría de edad, lo hizo con la Fundación Barranquilla que creara su padre por allá en los sesenta con un grupo de industriales costeños. En ese afán por trasladar su conocimiento empresarial a la población más vulnerable, Don Julio Mario la fortaleció —ya bajo su nombre actual, Fundación Mario Santo Domingo— y amplió su espectro para entrar en los programas masivos de apoyo a la microempresa que han cambiado la vida de cientos de familias colombianas. De su mano, la tradicional beneficencia se transformó en generación de oportunidades para los menos favorecidos.

Tuvo claro siempre, también, que solamente la educación puede transformar una nación. Lo dijo en enero de 2007, cuando decidió donar 24 mil millones de pesos para el programa de becas Quiero Estudiar de la Universidad de los Andes: “He llegado hasta aquí, primero, porque tuve suerte y, segundo, porque tuve la oportunidad. Pero recuerden que el azar hoy no favorece sino a los espíritus preparados”. Gracias a esa donación histórica, cientos de jóvenes sin oportunidades las han podido encontrar con el acceso impensable a ese prestigioso centro educativo.

Uno de sus últimos empeños filantrópicos fue dejarle a la capital la biblioteca más grande y moderna de Suramérica en un complejo cultural equipado con los más modernos estándares técnicos. El centro cultural, teatro y biblioteca que lleva su nombre constituye un ejemplo de alianza público-privada para mantener la mejor programación cultural del país y a la vez servir a más de 1,2 millones de personas de las localidades de Suba y Usaquén. Logró Don Julio Mario cumplir su sueño, inaugurarlo y, en su último acto público, asistir a la celebración de su primer año en mayo pasado.

No solamente ese amor a la cultura y el mundo intelectual, llegando incluso a ser parte del reconocido Grupo de Barranquilla, lo acercaron de manera especial a este periódico. También, y en particular, sus convicciones democráticas y libertarias. En los peores momentos de El Espectador, antes y después, fue un profundo defensor de su carácter. Solidario cuando otro grupo económico quiso cortarle las alas e indignado cuando el narcotráfico quiso desaparecerlo, ahí estuvo Julio Mario Santo Domingo dando su apoyo, convencido como siempre lo estuvo de la necesidad de esta voz para la salud de la patria. Cuando la crisis económica puso en duda su viabilidad, no dudó en recogerlo e invertir en él hasta llevarlo a recobrar su saludable estado actual. Difícil es encontrar a un dueño de un medio de comunicación que sea a la vez un abanderado de la libertad de expresión. En eso también fue atípico. Y no en palabras, sino salvando y sosteniendo financieramente este periódico, sin interferir nunca en sus contenidos.

Paz en la tumba de un magnate diferente.

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