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Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, está obsesionado con pasar a la historia. Lo hará, por supuesto, pero las historias que se contarán de él no estarán ligadas a la grandeza rimbombante que busca proyectar. A su largo historial de clientelismo, matoneo, impulsividad y persecución de la diferencia se suma ahora una frase que debería abrir cualquier perfil que se escriba sobre el mandatario: “Una civilización entera morirá esta noche, para nunca poder ser devuelta”, escribió en su cuenta de Truth Social. Así, sin vergüenza, probablemente sin pensarlo mucho, amenazó a Irán con un genocidio. No hay excusas para que el líder de la democracia más poderosa del planeta juegue así con la vida de otros seres humanos.
Argumentarán los numerosos defensores de oficio de Trump que todo se trataba de una estrategia retórica, un “bluff” para llevar al régimen iraní a la mesa de negociación. Durante años, en Estados Unidos los republicanos han insistido en que al presidente no hay que tomárselo de manera literal, que es una especie de genio que juega en distintos niveles. Todo hace parte del “arte de la negociación”. ¿Acaso no logró un cese al fuego durante dos semanas, con vocación de ser permanente? El triunfalismo se apoderó de las redes del magnate. Anunciando el pacto, dijo que “Estados Unidos trabajará de manera cercana con Irán, que hemos determinado que ha tenido un muy productivo cambio de régimen”. También dijo que fue “un gran día para la paz mundial”, que “se hará mucho dinero” y que “esta podría ser la edad de oro del Medio Oriente”. Todo esto porque, según el mandatario, “ya cumplimos y excedimos nuestros objetivos militares, y estamos avanzados en un acuerdo definitivo para tener paz a largo plazo con Irán y paz en el Medio Oriente”.
Al día siguiente del acuerdo de cese al fuego, Israel llevó a cabo una mortal ofensiva en el Líbano, con por lo menos 254 personas asesinadas y otras 1.165 heridas. Esto a pesar de que Pakistán, que sirvió de mediador, e Irán dijeron que el pacto incluía los ataques en ese país. Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí, ofendido porque Trump lo incluyó a última hora en los diálogos con Irán, decidió unilateralmente que podía seguir atacando a una nación soberana. La Casa Blanca ha dicho que lo respalda. En Gaza, donde también supuestamente hay un cese al fuego, un ataque israelí contra el vehículo que transportaba al periodista Mohammed Wishah, de Al Jazeera, terminó en su asesinato. ¿Paz en el Medio Oriente?
Por supuesto, Donald Trump está vendiendo un espejismo sustentado en mentiras y manipulaciones. En Irán no hubo cambio de régimen. Sigue mandando la misma dictadura teocrática, con la misma Guardia Revolucionaria. Todos estos días en Irán se ha reportado persecución a los disidentes, encarcelamiento de opositores, torturas e intimidación. Nada nuevo bajo el sol. Si Venezuela demostró algo es que un “cambio de régimen” para Donald Trump consiste en instalar una administración que lo deje aprovechar el petróleo; nada de democracia, nada de derechos humanos, nada de cambio real.
Lo supimos desde el principio: no había un plan claro para el ataque en Irán. Forzado por la impulsividad de Netanyahu, Trump creyó que a punta de bombardeos podía llevar a cabo modificaciones estructurales. Centenares de muertos después, con su popularidad en el piso y con los precios del petróleo en las nubes, está buscando desesperado una salida. Su compromiso siempre ha sido consigo mismo, no con las personas oprimidas en Irán. ¿Qué queda, al final, de tanto sufrimiento? Que nunca olvidaremos que un presidente de los Estados Unidos amenazó con un genocidio y nadie pudo hacer nada al respecto.
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